octubre 11, 2014

Había una voz




Contar historias no es un arte. Sí lo es, pero la definición es imprecisa. Más bien es el arte. Me gusta pensar que todas las representaciones artísticas son precisamente narraciones, lineales, cronológicas, explícitas o no, de lo que sucede, sucedió y, mejor aún, podría o no podría haber sucedido. Incluso la mera transmisión de sensaciones que pretende muchas veces la música o el arte plástico es, en un sentido muy muy abierto, un forma de la narrativa humana. El arte abstracto, como el expresionismo, presupone una teoría que lo explica y que es narrativa en estado pura: discurso. Las obras musicales son también una cronología de sonidos y silencios que generan, a su vez, una cronología de sensaciones: el mero hecho de que la música esté metida en el tiempo, regida por él, que sea una sucesión de sonidos, la convierte en una narración.

Y si todas las artes son narraciones, entonces todas tienen un narrador.

Cuando me propongo corromper la hoja en blanco con palabras, siempre golpeo con el mismo obstáculo. Me gusta pensar que a veces logro superarlo, pero el problema está precisamente en que siempre lo hago de la misma manera.

El obstáculo es la voz narrativa. ¿Quién es esa voz? ¿A quién se dirige? Y, ulteriormente, ¿con qué finalidad? Esas preguntas sobre la voz narrativa son, para ser precisos, propiamente el obstáculo, no la voz. La voz es el vehículo con el que se superan.

Pienso en cuentos y en novelas. El escritor que los comienza debe resolver el arma con la que va a acometer la hoja blanca. Si no lo hace de manera consciente, lo hace de todos modos. Primera persona, tercera, narrador omnisciente, estilo directo, estilo indirecto, punto de vista o monólogo interior, stream of consciousness, etcétera. Desde el comienzo, como la clave de un pentagrama, el arma está elegida, se quiera o no, sea la mejor para las municiones que uno carga o no. Para cruzar el río hay que elegir una balsa.

Entonces intento que la voz cantante provenga del interior de uno de los personajes, que sea él quien habla, quien piensa, quien cuenta y dice. El famoso punto de vista que tanto nos limita. Y es que, elemental y cierto, una historia contada desde la mirada de un personaje, no puede contener lo que otro personaje piensa o desea o deja de hacer. El engranaje mental se reduce a una sola cabeza que tiene que ver, entender y juzgar con prontitud y perfección, pero escamoteando el todo, porque las historias se construyen mayormente a partir de lo que el lector ignora y, si quien narra es un personaje, debe también comenzar ignorando ciertas cosas para encontrar el sentido de contar.

Me niego a que la narración la haga un personaje. La narración es mía, no de él, yo soy el autor. Creo que el personaje debe estar ahí para hacer y decir y pensar, no para contar.

Entonces.

Comienzo a escribir y cuando menos me doy cuenta, ya estoy ahí, narrador de carne y hueso, yo, el autor, interrumpiendo el flujo de la historia, asegurándome de que el lector haya entendido, esté cómodo o quiera seguir. Interrumpo, siempre interrumpo, pongo en duda la verosimilitud, dudo y todo eso termina plasmado en la hoja también, junto con los pedazos de historia que pretendía narrar.

Por otro lado, no me gusta perder la verosimilitud del relato, me parece su característica más valiosa y contundente y pienso que, cuando flaquea o se pierde o al menos se debilita un poco, el relato entero se viene abajo. Nadie quiere escuchar cosas increíbles por inestables e inconsecuentes. El sentido de un texto radica en su verosimilitud.

No quiero confundir verdad o precisión factual con verosimilitud. Simplemente estoy hablando de sentido, de efectos que han sido causados y de causas que no se quedan sin efecto. Una cosa, otra y, al final, un enlace entre ellas. Narrar no es aislar sino unir, coser, construir.

¿Sigue ahí? Ya viene el final.

Lo que me sucede, en pocas palabras, es que me parece completamente falsa la narración en tercera persona de una voz que viene de quién sabe dónde y nunca dice cómo es que pensó esa historia o de dónde la recogió. No me parece justo con el lector utilizarla. Y, como expliqué antes, tampoco me gusta tener sólo un punto de vista y cargarle al personaje la penosa tarea de describir algo y contarlo además de vivirlo.

Cuando uno narra algo en una fiesta, whiskey en mano, y hay dos o tres personas escuchando, quien narra interrumpe, hace aclaraciones, explica lo que está contando, sus razones, la finalidad (aunque sea un chiste y la finalidad sea sólo hacer reír). Quienes escuchan saben quién es el narrador, lo conocen, lo miran, lo escuchan, tienen chance de interrumpir también y aclarar dudas. Saben cómo llegaron a esa situación en la que otra persona les está contando algo y por qué. Una voz que baja del cielo no es creíble, no es interesante, no tiene derecho a narrar algo que sucede acá abajo, con personajes que tienen derecho a reaccionar ante lo que escuchan.

Entonces llega mi zozobra. Comienzo a escribir una historia y termino escribiendo algo que tiene que ver con cómo escribí esa historia o cómo la inventé y por qué. Caigo en la trampa de la metaficción: una obra que hace referencia a sí misma en su desarrollo. Y es un ejercicio interesante para mí, pero dudo que lo sea siempre para el lector. Me entristezco.

Mi esposa dice que quizás ese es mi estilo, que no huya de él, que lo use a mi favor. Entonces recuerdo lo que hace poco escuché decir a Marçal Aquino: tener un estilo marcado no es ninguna cualidad, es más bien el defecto de no saber hacer las cosas de otro modo y terminar haciéndolas siempre igual.

Es eso. No sé escribir de otra manera, joder.

Otra cosa que me cuesta mucho es cerrar los textos, usted verá.


enero 22, 2014

Uno, punto y guión.



Nunca cumplo los propósitos de inicio de año, así que el único esta vez fue no hacerme ninguno. De inmediato me di cuenta de que había fracasado, porque aunque la lista mental de propósitos tenía sólo un elemento precedido por el imaginario número uno, era ya una lista. Había hecho una lista de propósitos.

Sin embargo, por el sólo hecho de estar en una lista de propósitos, mi propósito primigenio estaba condenado a no cumplirse. Así fue: hice más propósitos, de manera que cada vez cumplí menos si se permite la expresión— el único que me había hecho.

Comencé el año sumido en la perplejidad de la paradoja. Ah, y con reflexiones sobre las listas. ¿Qué es una lista? ¿Existen listas de un solo elemento? A la gente le gustan las listas. ¿Por qué?

1. Son fáciles de leer.
2. Dejan en suspenso al lector.
3. Mueven a la reflexión.
4. Hacen que las cosas que no han sido enlistadas pierdan importancia.
5. Son siempre materia de debate.
6. Son intentos por comprenderlo todo.
7. Mueven al lector a imaginar, luego a pensar, por último a hacer crítica.
8. Suelen terminar en números redondos, como el diez.
9. Guardan, casi siempre, una sorpresa para el final.
10. De ahora en adelante, sólo mujeres de piernas largas.

Listas.
Y listas, sobre todo, de propósitos incumplidos.
A eso se puede reducir mi año, cada año.

Mi vida.

enero 08, 2014

Ser en 2014



Aprender a gustar alimentos orgánicos, ahorrar para comprarlos, escupir en las corporaciones transnacionales, firmar campañas en contra de los transgénicos.

Aprender qué es un transgénico.

Comprar una bici en un pequeño lugar de la colonia Roma, colocarle una canastita al frente, conseguir un casco que combine con el cuadro. Fingir que se está cómodo con el sillón fálico. Fotografiar a los autos que obstruyen las ciclovías, subir las fotos a Twitter.

Denunciar baches en la cuenta Vecinos de la del Valle.

Compartir las fotos de perros perdidos. Encontrar un perro. Adoptar un perro. Ser un perro. Buscar la mejor luz para fotografiar a tu gato. Ponerle un filtro. Sentarse a esperar guiños y comentarios.

Revisar la foto cada cinco minutos.

Ir con un ortopedista. Ir con un quiropráctico. Ir con un acupuntero. Visitar al ser supremo meditando. Hacer yoga. Doblar las piernas hasta tocarte la coronilla. Poner la mente en blanco. Comprar un tapete para no sudar la madera.

Curar con las manos.

Aprender tzotzil. Visitar Las Magdalenas. Saber quiénes son Las Abejas. Poner repeat en el disco de Manu Chau que esconde la voz de Marcos hasta que alguien escuche que lo escuchas. Plantearte la posibilidad de mudarte a la selva Lacandona. Mudarte.

Terminar vendiendo alpargatas en una banqueta de San Cristóbal.

Saltar el torniquete, acampar en el Zócalo, fotografiar granaderos. Leer sobre el 132, decir que eres 132, criticar la poca pericia del 132. Odiar a Attolini.

Ser un granadero que lee.

Leer un libro. Leer diez. Fotografiar un fragmento. Deambular por librerías. Opinar sobre un libro, sobre un autor, sobre una generación. Agrupar a los autores en generaciones.

Escribir un libro.

Colaborar con una revista de política de izquierda. Colaborar con una revista de política. Colaborar con una revista. Colaborar. Unirte a un colectivo.

Llamarle colectivo.

Ir a la India. Escuchar a Devendra Banhart. Dejarte la barba. Las rastas. El bigote. Engomarlo.

Canalizar la energía.

Hacer ecoturismo. Hacer composta. Separar la basura. Tatuarte. Unirte a un grupo de chicas que muestra las tetas.

Encontrar contra qué protestar.

Usar un hashtag.

Encarar a Peña Nieto en twitter.

Comprar un iPhone. Comprar otro iPhone. Comprar el nuevo iPhone. Ponerle un protector que simula un casete de cinta. Abrir Spotify. Explorar nuevas bandas. Presumir que tu banda favorita no la ha escuchado nadie.

Obligarte a escucharla.

Viajar a Europa. No visitar la Torre Eiffel. Comer en un restaurante pequeño.

Fotografiar la comida.

Seguir a Bret Easton Ellis en las redes sociales. Escribir una versión propia de Less than Zero. Leer en Wikipedia qué más ha escrito. Descargar sus otros libros.

Tenerlos.

Abrir un blog. Leer Pichfork. Leer Vice. Leer Jot Down. Leer The Guardian. Dejar de comprar en Walmart. Dejar de comprar en Soriana. Dejar de comprar. Unirte a la cienciología. Leer sobre cienciología.

Despreciar la cienciología.

Leer a Kant. Leer a Hegel. Cagarte en Kant. Decir que entendiste a Hegel. Escribir haikus.

Tatuarte un haikú.

Decir que Gravity es una mierda. Añorar las viejas películas de Woody Allen. Ir a la Cineteca. Soplarte el tour de cine francés entero. Decir que fuiste al tour de cine francés. Ser fan del cine francés.

Ser fan.

Tomar mezcal. Despreciar el tequila. Fingir que te gusta el mezcal. Devorar las naranjas que te dan con el mezcal para que no te sepa mucho. Pedir sólo cervezas artesanales. Pedir sólo cervezas artesanales orgánicas.

Aprender a que te guste de nuevo la cerveza.

Llenar tu casa de artesanías. Comenzar un negocio de artesanías.

Fracasar.

Leer este texto. Escribirlo. Comentarlo. Despreciarlo.

Compartirlo.

Creer que algo de lo anterior te hace moralmente superior.
Reflexionar sobre el término moralmente superior.

Concluir que el término mismo es contradictorio.

@_zemaria

noviembre 19, 2013

Dos consideraciones, dos conclusiones.



Primera. Tendemos a pensar que construimos nuestro futuro. En realidad nos pasamos la vida construyendo nuestro pasado, tratando de justificarnos todo el tiempo. Somos quienes hemos sido, no quienes seremos. Ninguna decisión repercute eficazmente en nuestro futuro, sino en la forma en que habremos de estructurar nuestro pasado. Todo el tiempo pensamos en lo que sucederá, en quién seremos, en lo que habremos de hacer, pero siempre nos colocamos allá, en el fondo, en lo más recóndito del futuro, para poder imaginarnos mirando hacia atrás, respirando hondo y diciendo sí, eso es lo que quería hacer de mí.

La imaginación es esclava de la memoria.

Segunda. El verdadero creador está al final del tiempo, no al principio. Me parece más consecuente pensar que aquél que escribió la fatalidad estará esperándonos al final de todo, en el último momento, cuando cesan las historias, que pensar siquiera que estuvo al principio, que creó y desapareció, que dispuso lo que habría de suceder en lugar de ordenar lo que ya había sucedido. Todas las historias acerca de dios son proyecciones nuestras, todas han sido concebidas con un orden cronológico ascendente. Ahí me parece que hemos errado el camino.

El creador está allá, en donde todo termina menos él.

Así se estructura nuestra historia, nuestras historias, que son todo lo que tenemos, todo lo que somos. Por tanto, parece justo decir que vivimos en reversa, caminando de espaldas hacia delante ponderando lo que ha quedado atrás. Y, por consiguiente, entendemos la historia de nuestro creador también en sentido inverso al que debería ser: en un principio era el logos, decimos, cuando es claro que sólo al final del desarrollo de todo lo desarrollable será cuando podremos hallar un logos de las cosas. Los génesis diversos de las culturas son conclusiones disfrazadas de axiomas, son nombres dados a posteriori y presentados a nuestras consciencias como ideas a priori.

Hay que escapar de esta inercia, corromper la noción de progreso, destrozar las hipótesis. Esa es mi arenga.



noviembre 11, 2013

Mi cuerpo es un país.




Mi cuerpo es un país lejano, utópico, descrito por un Calvino triste. Es un terreno medieval. Es un ojo que mira cómo los grandes se cubren de linos, futuros y casimires. Siente frío en la superficie y un calor degradado en el centro, bajo las placas tectónicas. Es un país más bien pequeño, casi una isla. Un país que está contento con la idea de progreso que se admite como axioma en los cafés, en los gritos de las calles y en las discusiones cotidianas de las albercas públicas.

Mi cuerpo es un país independiente, libre. Está jodido. Jodidamente pobre. Casi no tiene tradiciones. Sus habitantes se arrastran a veces, las calles están llenas de veteranos de guerras. Hay siempre guerras. Cada fin de semana, que significa cada siglo si hacemos la conversión Historia-historia.

Mi cuerpo sufre guerras intestinas. Cada caído es un monte, cada paso un terremoto, cada amor una salida de la atmósfera: una carrera espacial. Apocalíptico, apenas milenario, corroído por los fantasmas de la razón y la herrumbre de la región hepática, que es la más transparente.

Mi cuerpo es un país laico, que disfruta la historia de dios como se disfruta el vuelo de un ave o un café con avellana. Mi cuerpo no cree en dios pero sí tiene credo, cree en la historia que nos hemos contado de él. En todas las historias. Mi cuerpo no prohibe. Mi cuerpo no avanza ni quema ni mata. Mi cuerpo debería estar desnudo todavía.

Hace muchos años, hace unas horas que comenzó la revolución. La patria se parte. Las fronteras de las provincias son muros de países, cubos de azúcar, el sonido de las cucharitas girando a contracorriente. Oleadas violentas. Y mis aliados, países de bonanza. Y mis aliados, paraísos fiscales. Y mis aliados, playas veraniegas.

Hoy acaso se escucha el viento de mi cuerpo. Corre por dentro serpenteando, reptando, no corre. Hoy hay unas ruinas y canchas olvidadas. Iglesias que se pudren y teatros con ecos de aplausos. Parques grises y niños grises. Un país deja de serlo cuando el gobierno y el territorio y la población, una o las dos o las tres juntas, desaparecen. Entonces no sólo no es país ni terruño ni hectárea. Es vacío.

Mi cuerpo es una patria sin nombre. Mi cuerpo es un vacío con bandera. Mi bandera es un cuerpo desnudo. Mi pasado es la historia del mundo, de todo el mundo.


@_zemaria



octubre 01, 2013

Stand up philosophy II

En 2011 se publicó en este blog una serie de, no voy a llamar novelas gráficas, más bien, cuentos gráficos (por su extensión) o, de plano, estupideces gráficas (por su contenido), que pretendían bajar de la nube idílica a los pensadores más grandes de la historia. Problemas ordinarios surgidos ante mentes extraordinarias.

Esa entrada puede consultarse aquí:

http://fobiosofia.blogspot.mx/2011/07/stand-up-philosophy.html

Es una de las entradas más exitosas en la historia del blog. Por esa razón, la redacción se puso a trabajar una segunda entrega deseando que la disfruten tanto como la primera.

Comenzamos con una navidad en compañía de Guillermo de Okcham; más tarde, lidiamos con los desórdenes alimenticios de Sartre; inmediatamente después, viviremos la intimidad de una tarde de verano con Leibniz y Spinoza; y, por último, haremos un viaje de más de 24 siglos de atropobúsqueda.


* HACER CLICK EN LAS IMÁGENES ES RECOMENDABLE, PARA VERLAS MÁS GRANDES.




julio 23, 2013

Minotauro

 
 
–Al menos los dos nos debemos al mar –dijo y se levantó del sillón.

El camino hacia fuera de la casa de Ariadna era largo y posibilitaba el arrepentimiento, el surgir de un hilo de voz que lo traería de vuelta, el tiempo suficiente para la reconsideración inmediata. Pero no.
Al cerrar la puerta supo que la había perdido.

Arriba todo oscuridad. Sólo el ojo de la noche, decididamente hostil, iluminando los perfiles de las cosas. Un mes exacto desde que la luna no miraba el suelo así, enfática y arrogante. Ariadna ya no lo amaba, era así de sencillo: se había ido a enrollar con un pescador, dios mío, un hombre de familia histórica que jugaba a ser pobre, que pescaba desde un yate. Ni el puerto ni el cielo estaban de humor esa noche. O bien lo estaban, porque la ira es también un humor. Uno denso y cálido. Los vientos del Norte azotaban partes enteras del malecón, el mar estaba picado con aceros, insondable.
El nuevo hombre de Ariadna era rubio y usaba bermudas blancas, al menos en ese par de fotos que mostraban un gran animal colgado todavía del anzuelo del hilo del brazo derecho. Su cinturón, de tela con las puntas de cuero, tenía el color del café con leche y combinaba con sus zapatos, también de cuero. Era un joven adinerado, que viajaba y pescaba por diversión pero que aún así se presentaba como pescador, con toda la indignidad que tiene jugar al semántico irónico cuando se tiene resuelto el futuro de tres generaciones. Se llamaba Juan, como si no se apellidara Sampedro.  
Así debía ser un hombre nuevo. Los hombres viejos, aunque jóvenes, no son rubios ni se apellidan Sampedro. Son, casi siempre, serios y morenos, de pelo corto. Son biólogos marinos encuartelados en Veracruz, dedicados al estudio y al cortejo sincero y breve. Son como Roberto Gómez.

–Estoy viendo a Juan Sampedro –susurró Ariadna.
–¿A ese imbécil? –preguntó Roberto Gómez.
–Sí. Lo siento. Ya no podemos vernos más tú y yo –sentenció ella.
–Bueno, al menos los dos nos debemos al mar –dijo él y se marchó, con dignidad.

Sus zapatos no daban para caminar mucho. Eran unos Converse que llevaban años fieles a sus pies. A los dos o tres kilómetros los arcos comenzaban a tirar hacia arriba en espasmos. Roberto caminó, sin embargo, porque tenía ganas de ver cómo las olas brincaban a la calle en el malecón, cómo la espuma surgía rabiosa de la boca del mundo. Aún sin lluvia el viento era caótico y, bien metido a la negrura de la noche, asustaba. Llegó así, de una cuadra a otra, a la orilla de la ciudad, del estado, del país y del continente, justo por el medio del paseo turístico.
Siguió la vereda de adoquín bañándose horizontalmente con un ritmo también azaroso. Cuando apretaba el paso era para sentir la cachetada de agua que saltaba desde el mar al chocar con la barda; cuando lo aflojaba, para sentir la humedad de la ropa. Estaba como para no estar y no pensaba nada en concreto, sino una totalidad de pensamientos, al menos de los posibles al momento, que se contradecían y superponían, creando una masa informe sin articular adentro de su cabeza, tan negra como el mar de esa noche.

El ojo del cielo cerró sus párpados de nubes.

Al terminar de andar la vereda, esto es, al final del muelle que franquea la entrada de las embarcaciones menores, vio algo moverse dentro del agua. Un bote girado hacia abajo. Los pensamientos se disolvieron como la espuma en la resaca de la tarde. Se sacó los Converse y se echó al agua. Hubo un silencio instantáneo y hubo también un jalón continuo de ropas. Luego, la superficie en guerra.
Sentía en los pies arena como metralla y algas acariciándolo con masoquismo. Ubicó mentalmente la situación del muelle, el malecón y el bote volteado. Comenzó a nadar hacia él. Los instintos le jugaron a favor: no había sido un arranque momentáneo. Miró con los ojos de lluvia un brazo colgado a babor de una cuerda maciza, el rostro y el torso hundidos en el agua. El instinto que le había hecho saltar había sido más bien una premonición, una adivinanza añeja que venía de ser pensada por otros hombres en otras épocas. Quizás había visto cómo la barca se volteaba y no lo advirtió con la razón, sino sólo con las piernas que resortearon hacia el agua. Se había tirado para salvar a un hombre de la muerte en el mar.
Llegó exhausto hasta el borde del bote. Tomó al hombre de la axila y desembrolló el brazo. Comenzó a nadar tirando de ese cuerpo quieto y pesado hacia el muelle. El mar regañaba sus brazadas, revuelto como por la ira de un dios que odiaba a ese hombre y también a Roberto. Quizás había más gente atrapada debajo de ese cascarón a la deriva, pero él no estaba en condiciones de remolcar a nadie más. Ellos, si estaban, estaban absolutamente perdidos. Continuó la lucha. Sus piernas comenzaban a vacilar, el agua se le metía sin ritmo por entre los labios y por la nariz. Ahora la espuma del mar era la de su boca. Sentía cómo la muerte abrazaba ya no sólo al cuerpo que venía arrastrando, sino también al propio.
Llegó al muelle, a los postes lamosos del muelle. Qué lejos quedaba la superficie. Qué lejos quedaba ya la oportunidad de salvarse. Un azote tras otro, la cabeza le rebotó en la madera y se abrió la frente. En el malecón nadie, en el muelle tampoco. La única música era un chasqueo terrible de aguas golpeándose entre sí en una enemistad primigenia. Con un último esfuerzo alcanzó a cargar la mitad del cuerpo por encima de su cabeza, sacarlo del agua significaba sacar un pez de ochenta kilogramos. Lo arrojó sobre una tabla diagonal que comenzaba en el medio de un poste y terminaba en la parte superior del poste siguiente. Lo atoró ahí, con el abdomen oprimido contra el ángulo de madera. Él se hundió tirado hacia abajo por una corriente enojada que lo quería matar.
El cuerpo de Roberto sería hallado por el trabajador de un astillero tres días más tarde; sus Converse, por un buscador de monedas en el malecón.
El cuerpo atorado en el poste del muelle, cuerpo que no era cuerpo sino un hombre, un hombre vivo, despertó cuatro horas más tarde, pasada la revuelta. Salió por propias fuerzas por una escalera atada en la barda. Juan. Juan Sampedro. Con la ropa rasgada, sus bermudas blancas y el pelo rubio enredado, no pensó en otra cosa que en hacer de madrugada el largo camino hasta la casa de Ariadna. Llegó ahí, tocó la puerta con fuerza y se sentó a esperar a que alguien la abriera.

mayo 18, 2013

La renuncia


  El narrador hace una pausa. Aprovecha para aclarar la garganta, salir de ahí momentáneamente para tomar un vaso de agua y, de una vez, darle tiempo al lector para que reflexione sobre lo que acaba de leer.

   Es un oficio ingrato el de contar, piensa el narrador. Sobre todo cuando las historias son de muertos vivientes, sin ninguna originalidad, con el camino recto hasta el final. Aunque tampoco le gusta, a decir verdad, contar esas historias en las que los personajes se tiran diálogos de nueve páginas, tratando de sonar como personas. Pero es lo que hay y nada más. Está obligado a poner su voz al servicio de los tiempos verbales, estacionarla en un pasado continuo, remoto, que se acerca siempre y que no llega nunca.

   Vuelve entonces al relato. El lector arruga la cara para concentrarse de nuevo. No hay que estar muy concentrado, pero este lector es lento, inútil y feo como un palíndromo. Los zombis se diseminan como esporas, el virus es el mismo de siempre, aburrido, sin una descripción que hubiese obligado al autor a investigar nada, sin mutaciones. El típico relato que el autor piensa que puede sacar a flote mediante descripciones grotescas, no técnicas, acerca de sensaciones y pensamientos generales del personaje central. La pereza que deslava la verosimilitud del relato y, por tanto, al relato mismo. Un relatito menor, desnudo.

   Hay que seguir adelante, es el mundo del empleo. Y ahí se arranca otra vez. Cuellos rotos, balazos de escopetas a lo ranchero gringo, porque aunque el relato está situado en un puerto de Perú probablemente consultado en Google Maps los personajes viven en suburbios gringos, de porche y jardín al frente, sin reja. El autor ha visto las mismas series y películas que el lector. También el narrador las ha visto, pero las odia.

   Entérese usted entonces de la escena en términos más generales: tenemos a un lector tirado boca arriba, tiene 35 años, vive un sábado, su mujer no existe porque hace tiempo que dejó de ser suya. También hay un autor que probablemente esté acostado, con las cortinas del cuarto cerradas, tratando de pensar qué más escribir para el semanario que le paga. Y está, atrapado en medio del juego lector-autor, el narrador. Un hombre de 45 años, voz privilegiada, grave y camaleónica, triste porvenir.

   La cuestión es que el narrador está harto de narrar. Y sobre todo de narrar esto. Tiene tiempo que trabaja sin gusto y por dinero si ambas cosas no son una sola y está en un momento de valoración existencial, de reflexión dura, que puede desembocar en el abandono definitivo, en la renuncia y, queda claro, en la suspensión abrupta de la historia que narra, del tiempo y del espacio que describe. Los personajes de esa narración están por perder su sustancia y no lo saben, ese mundo va a colapsar: los vivos y los zombis morirán, esta vez definitivamente.

   Pero también estamos usted y yo. No debíamos aparecer aquí. No debía decir que hay un narrador yo que está contándole a un lector usted la historia de otro narrador y otro lector. Esta es, sin embargo, la situación. Hablar de lo que se escribe en el texto mismo es un tabú, pero usted y yo sabemos bien de lo que se trata, no somos estúpidos ni moralistas.

   Vuelvo a la historia: el narrador se harta, se detiene. El lector queda atrapado en un silencio incómodo. Los zombis se desvanecen. El narrador se va, renuncia, y el lector queda entonces libre, sin tiempos que lo sometan ni avatares que lo incomoden o lo regocijen. No ha entendido lo que acaba de suceder.

   Aprovecho para anunciarle que yo también me voy, pero no porque esté harto, sino porque ya no tengo nada que contar. Usted también es libre. Pienso, mientras me levanto para salir de esta realidad textual, en la cercanía fonética de las palabras «libro» y «libre».


marzo 24, 2013

La Barra Conservadora, cánticos de cancha.

Es un lugar común comparar la religión con el futbol: los ritos, los símbolos, la fe, el fervor, la consagración con alcohol, las lágrimas y hasta las celebraciones extáticas.

Ir a la cancha se parece mucho a ir al templo. Para los seguidores de Pumas, además, también coincide el día dedicado al objeto de culto: el domingo.

Propongo entonces algo que no debería sonar raro: cánticos de cancha basados en melodías cristianas. Si odias el futbol y/o los ritos religiosos, debes abandonar el blog en este punto.
(CADA IMAGEN ES UNA LIGA A UN VIDEO EN YOUTUBE, DALE CLICK A LA IMAGEN)