mayo 10, 2015

Un viaje río abajo al yo profundo.



Cuando terminé de cargar gasolina, en la estación de salida a la carretera a Veracruz, no hubiera imaginado que el verdadero viaje que estaba por comenzar era de carácter esencialmente espiritual. Sentí abrirse una grieta en algún lugar de mi tracto digestivo, eso sí, y mientras firmaba el voucher de la tarjeta y pateaba las llantas para comprobar su presión, por dentro del torso el viaje al fondo de mi identidad ontológica acababa de emprenderse, río abajo, hacia lo profundo.

Es el cuerpo conociendo al alma, precisamente a la manera inversa en que normalmente sucede la interacción espíritu-materia. Sabemos que la mente puede manipular al cuerpo de todas las maneras posibles: la voluntad, la disciplina y el hábito —la segunda naturaleza—, la meditación, la nemotecnia y el placebo, en fin. El cuerpo, sin embargo, también puede dominar a la mente, manipularla y tomar las riendas del ser moral.

Nuestro yo puede a veces ser sólo cuerpo, aun en vida, bajo determinadas circunstancias. Determinadas y dadas todas a la vez durante el puente del primero de mayo.

Era viernes de asueto. Saldríamos temprano rumbo a Córdoba pero no dormí durante la noche anterior: pasé uno de cada diez minutos de la noche en el baño. Me estaba vaciando. Por el momento pensé que era un malestar pasajero y sólo pospuse la salida cuatro horas, no la cancelé. Estaba equivocado, como la mayoría de las veces que aventuro diagnósticos: la descomposición había llegado para llevarse buena parte de mí hacia las entrañas de la ciudad, al centro del mundo.

Me remedié torpemente con esas medicinas que no curan. Me cuidé de no comer ni tomar nada. Aún no me sentía muy mal, pero mi tracto digestivo era territorio rebelde. Visité el primer baño ajeno en la gasolinería de Amozoc. Si no hubiera estado muy enfermo, me habría enfermado ahí. En otras circunstancias no había podido ni verlo, pero lo tuve que usar. Fui una de esas tristes almas que se ven obligadas por el destino a someterse a la humillación de un baño de carretera. Siempre me había preguntado quién, por qué, cómo. Nunca más.

Ahí doté de significado un término que acuñaría tres días después: el coproturismo (del griego kopros, excremento). Una forma no deseable de viajar y conocer sitios, gente y, sobre todo, culturas.

Llegando a Córdoba la cosa fue siempre a peor. El estómago clamaba venganza o se había puesto en huelga; los ojos y la cabeza, sin embargo, me pedían agua, alimento. Entraba todo y se iba así como entró, no sin antes transformarse con una velocidad escalofriante en agua. Visité baños en restaurantes, en bares, en hoteles, en establecimientos comerciales sin servicios públicos, en casas.

Conocí parte de la cultura local de los habitantes de Maltrata, Orizaba, Córdoba, Fortín, Peñuelas y otros poblados cercanos con el método escatológico. Me enteré de lo más íntimo: cómo van al baño, con qué tipo de papel se limpian, cómo se lavan las manos, cómo mantienen la higiene del lugar (cuando lo hacen). Los conocí de cerca, por dentro. Cuando salía del baño tenía contacto visual con los hombres y mujeres de la zona. Sabían que yo sabía algo más acerca de ellos, sabían que había penetrado su intimidad, que había violado el estatus de extranjero. No diría que se fraguaba una complicidad —entre otras cosas porque mi estado de salud me impedía una conexión racional con el mundo— pero algo sí nos ató.

Las noches fueron reveladoras: mis sueños eran situaciones límite, muy abstractas, que podrían calificarse de pesadillas si tuvieran algún sentido. La primera fue absolutamente no figurativa: algún problema tenía que resolver si no quería que pasara algo que sería terrible e irreversible. A medio sueño me daba cuenta de que sería imposible resolverlo. Sufría mucho. Para la segunda noche la cosa se hizo más tangible: vivíamos en la punta de un cerro en Maltrata, la neblina estaba cerrada y hasta abajo. Extraños zumbidos nos habían sacado al patio para ver qué tipo de bicho gigante rondaba la casa. No era un bicho, era el ruido que hacían piedras en llamas que caían desde fuera de la atmósfera. Pequeñas piedras que se clavaban en la tierra, encendidas, al rojo vivo. Entonces veíamos emerger de la niebla una piedra del tamaño de un planeta, que surcaba el aire y que nos iba a matar a todos. Estaba ya muy cerca, no daba tiempo ni de correr para abrazar a mi esposa.

Hubo fiebre. Sudor. Agua y más agua. Entrando, saliendo. Una noche horrible. La enfermedad era del cuerpo, pero se había trasminado, húmeda como era, hasta el alma: el espíritu no es impermeable. La materia sutil de la que hablaban los bizantinos podría ser, más allá del misticismo, una bacteria. El médico, amigo mío de toda la vida, me dijo que descartaba que el culpable fuera un virus y me recetó antibióticos.

La temperatura de mi cuerpo bajó. La bacteria se fue. Pero los lugares que visité durante la fiebre, durante el viaje entero —el físico y el mental—, sean los insalubres retretes de las gasolineras estandarizadas de la ruta o los escenarios apocalípticos de las montañas veracruzanas, permanecieron. Y me dijeron mucho de mí. De lo que hay adentro de mí.

La enfermedad es oscuridad. Parte de mí también. Parte de mí es una enfermedad. Lo descubrí y pensé en ciertas obras de Tàpies.

La gente cercana cree que hice un viaje de tres días a Córdoba, en realidad lo hice hacia dentro de mí mismo. Eso me quedó claro. La claridad es, paradójicamente, una de las principales características de la oscuridad: no se confunde, sabes cuándo entra, sabes cuándo se instala y no queda de otra que apretar los párpados y aguantar. Aguantar vara. Mucha vara.

Volvimos a México. Apenas terminé de curarme, apenas retuve alimento y agua y apenas la rebelión intestinal firmó acuerdos de paz, la migraña dijo hola. Mi cuerpo es un territorio incierto en el que algo terrible siempre está por suceder.



abril 29, 2015

El aparato de poder busca votos para perpetrarse



Ciudadano apático, vota por nosotros.
Adorador de instituciones, vota por nosotros.
Señora de la casa, vota por nosotros.
Proveedor gubernamental, vota por nosotros.
Familiar de diputado, vota por nosotros.
Columnista de Milenio, vota por nosotros.
Empleador de la Aristegui, vota por nosotros.
Acta de la alianza, vota por nosotros.
Deudor de las reformas, vota por nosotros.
Beneficiario del fisco, vota por nosotros.
Anarquista grafitero, vota por nosotros.
Hijo de cirquero, vota por nosotros.
Dueño de pantalla, vota por nosotros.
Cliente de Soriana, vota por nosotros.
Socio de Higa, vota por nosotros.
Socio de Ecoparq, vota por nosotros.
Socio de Ecobici, vota por nosotros.
Arquitecto Norman Foster, vota por nosotros.
Ciro Gómez Leyva, vota por nosotros.
Seguidor de Tercer Grado, vota por nosotros.
Actriz de Televisa, vota por nosotros.
Detractor de normalista, vota por nosotros.
Ciego por elección, vota por nosotros.
Sordo temporal, vota por nosotros.
Periodista amaestrado, vota por nosotros.
Criador de mirrey, vota por nosotros.
Egresado del Cumbres, vota por nosotros. 
Policía asesino, vota por nosotros.
Narco desempleado, vota por nosotros.
Político asentado, vota por nosotros.
Jefe de gobierno, vota por nosotros.
Granadero analfabeta, vota por nosotros.
Crítico de Twitter, vota por nosotros.
Hacedor de verdades, vota por nosotros.
Líder de opinión, vota por nosotros.
Futbolista retirado, vota por nosotros.
Funcionario disfuncional, vota por nosotros.
Juez de nuestra nómina, vota por nosotros.
Creativo de nuestra campaña, vota por nosotros.
Empresario de nuestros favores, vota por nosotros.

Pueblo desmemoriado, vota por nosotros.
Destino manifiesto, vota por nosotros.
Mayoría minoritaria, danos la paz.


Amén. 

febrero 27, 2015

Alimentos transfigurados




Tienen químicos.
Gluten.
O pesticidas.
O fueron modificados genéticamente.
Son transgénicos.
No son orgánicos.
No son artesanales.
No son comercializados de manera justa.
Los venden en Walmart.
O pueden contener trazas de pescado.
De tilapa.
O tienen conservadores.
Son cáncer.
No son de una granja amigable.
No fueron regados con arcoiris.
No se criaron escuchando a Mozart.
Nadie les cepilló el lomo.
Nadie habló con estas plantas.
Nadie acarició los hongos como si fueran penes.
Hay tanto karma.
Hay tanta energía negativa fluyendo por ellos.
Son antenas del mal.
No están vivos.
Son monstruos.
Para monstruos.

Eres un monstruo.

enero 27, 2015

Paz parmenídea

Imagen de savagechickens.com


Casi todos los narradores y cronistas se aferran a uno de los dos extremos de la corrección política, a saber, omiten cualquier comentario que pueda resultar remotamente ofensivo para el miembro de alguna comunidad, género o religión; o, muy al contrario, despilfarran palabras feas como si fueran gratuitas porque se les para la verga al escribir la palabra "verga". Hay tanto público para la vulgaridad gratuita como para la corrección impoluta, ¿no es cierto?

Pero también hay algo de público en medio. Yo prefiero arrastrarme por el terreno entre lo verosímil y lo verdadero buscando la intersección imposible de esos términos. Tratar de moverme en ese eje y no en el otro. La corrección y la incorrección son conceptos, a mi juicio, aburridísimos y subjetivos, surgidos de una moralidad frágil y corrugada que está de moda desde que la red nos dio espacio a todos para hablar sin filtros, es decir, desde el Facebook.

Si tengo que decir que le miré las nalgas a alguien, sin embargo, y sólo si tengo que decirlo, lo hago. Es una práctica común en mí, por cierto —la de mirar traseros—, como sospecho primero y confirmo inmediatamente después que hacen muchos hombres y mujeres, jóvenes y viejos de todo el mundo, sin pedirle permiso al dueño. No me enorgullezco, pero es cierto, ni qué decir.

Esta vez, anoche, mientras miraba las nalgas de una policía que según yo me sonrió al pasar, en mis audífonos sonó "We only said goodbye with words, I died a hundred times" con la impresionante voz de Amy Winehouse. Me pareció una coincidencia improbable porque la mirada que yo le dedicaba a la policía tenía la forma de una despedida definitiva, tenía su amargura. La concurrencia del verso y la mirada me subrayó ese pensamiento exagerado que subyacía y que no había hecho aún conciente: ese cruce podría no volver a suceder nunca más.

Varios de mis pensamientos cotidianos tienen el mismo destino: la conciencia del horror de la fugacidad, de la tragedia de lo efímero: de la horrible naturaleza humana. Supongo que en eso consiste la depresión, o al menos en parte. O al menos en mi caso.

Fue una miniepifanía. Durante los siguientes pasos comencé a pensar que esa otra persona, esa voz que escuché al paso, la visión del Viaducto con poco tráfico a una determinada hora de la tarde, todas las nubes y muchas otras cosas estaban sucediendo por única y última vez frente a mí. Casi todas las visiones, olores precisos y sonidos están siendo percibidos por última vez por mis sentidos.

Se me nubló el cielo en segundos. Hablo de mi cielo particular, había aún sol.

Entonces llegué a casa y giré la llave para abrir la puerta. Pensé en la cantidad de veces que he repetido ese gesto, idéntico, y en la cantidad de veces que me quedaban por delante. Muy probablemente no será la última vez que lo haga, concluí.

Se me despejó el cielo un poco. Un clarito, pues, aunque la noche caía ahora negra.

Eso es. Yo no sabía exactamente por qué amo tanto las rutinas. No había reparado lo suficiente en el hecho de que estoy irremediablemente sumergido en tantas rutinas, que con sólo enumerarlas se estaría describiendo el noventa por ciento de mi vida.

Soy feliz cuando estoy cómodo y estoy cómodo sólo en la rutina. Me siento bien cuando me levanto a tiempo, cuando entro o salgo de trabajar a la hora de siempre, cuando es martes y hay mixiote, cuando es domingo de Pumas y vienen los mismos de siempre por mí para ir al estadio, a la misma hora. Soy un hombre de rutinas.

El derrumbe de mi estado de ánimo cotidiano es consecuencia del desbalance de las acciones y los tiempos. Soy un esclavo de la repetición. Un esclavo que lame el grillete con fruición (y devoción y puntualidad). Si no me levanté a las 8:30 y tomé un café a las 9, oficialmente el día ha comenzado mal. Por eso no soporto a la gente que habla de romper la rutina como si esa pequeña rebeldía burguesa fuera la fuente de la felicidad. Escápate de la rutina, nos dice la publicidad. ¡No! Por favor no. Si constantemente sientes la necesidad de salir de tu rutina, quizás deberías más bien cambiar de rutina. Algo estás haciendo mal.

Yo estoy feliz con las mías, ¿por qué me voy a escapar? ¿Por qué carajos debería salir de mi "zona de confort" si lo que estoy buscando —¿acaso no todos?— es justamente quedarme en ella para siempre? ¿Quién es ese tipo que habla de salir de la zona de confort? Fíjense bien, casi siempre el que nos espeta con dedo inquisidor, el que nos recomienda con superioridad moral (a veces aun ontológica, según cree) que debemos romper la rutina y dejar nuestra zona de confort es un mediocre rutinario.

Pero tampoco hay que señalar a ese tipo. Por definición la mayoría de la gente es mediocre. Es un axioma. ¡Qué necedad exigirle a tanta gente que no sea mediocre si la mera existencia de los mediocres es la que garantiza al ganador su lugar fuera de la masa!

Vuelvo al tema de la causa. Ayer en la noche, fruto de la experiencia estética que comenzó en el azul profundo del uniforme de la policía, llegué a la respuesta de por qué disfruto tanto la rutina, la calma, el confort y la mediocridad (aunque esos cuatro términos no tengan necesariamente una relación formal ni causal). La rutina me aleja de la fugacidad, me hace olvidar el drama humano, el tiempo, la insignificancia de la existencia, la fragilidad del instante y el eterno correr del río heracliteano que tanto miedo me infunde. La rutina garantiza (si no garantiza al menos promete) que aquello que estás haciendo lo volverás a hacer después una vez más. Nada se ha terminado, todo permanece. 

Después de todo quizás no seamos sólo una mota en el viento.

Así que adiós, amiga policía. Espero verte todos los días a la misma hora, moviendo las caderas por la lateral de Viaducto como diciéndome "hola, hola, hola, muchacho. Vive que la vida es larga".


enero 22, 2014

Uno, punto y guión.



Nunca cumplo los propósitos de inicio de año, así que el único esta vez fue no hacerme ninguno. De inmediato me di cuenta de que había fracasado, porque aunque la lista mental de propósitos tenía sólo un elemento precedido por el imaginario número uno, era ya una lista. Había hecho una lista de propósitos.

Sin embargo, por el sólo hecho de estar en una lista de propósitos, mi propósito primigenio estaba condenado a no cumplirse. Así fue: hice más propósitos, de manera que cada vez cumplí menos si se permite la expresión— el único que me había hecho.

Comencé el año sumido en la perplejidad de la paradoja. Ah, y con reflexiones sobre las listas. ¿Qué es una lista? ¿Existen listas de un solo elemento? A la gente le gustan las listas. ¿Por qué?

1. Son fáciles de leer.
2. Dejan en suspenso al lector.
3. Mueven a la reflexión.
4. Hacen que las cosas que no han sido enlistadas pierdan importancia.
5. Son siempre materia de debate.
6. Son intentos por comprenderlo todo.
7. Mueven al lector a imaginar, luego a pensar, por último a hacer crítica.
8. Suelen terminar en números redondos, como el diez.
9. Guardan, casi siempre, una sorpresa para el final.
10. De ahora en adelante, sólo mujeres de piernas largas.

Listas.
Y listas, sobre todo, de propósitos incumplidos.
A eso se puede reducir mi año, cada año.

Mi vida.

enero 08, 2014

Ser en 2014



Aprender a gustar alimentos orgánicos, ahorrar para comprarlos, escupir en las corporaciones transnacionales, firmar campañas en contra de los transgénicos.

Aprender qué es un transgénico.

Comprar una bici en un pequeño lugar de la colonia Roma, colocarle una canastita al frente, conseguir un casco que combine con el cuadro. Fingir que se está cómodo con el sillón fálico. Fotografiar a los autos que obstruyen las ciclovías, subir las fotos a Twitter.

Denunciar baches en la cuenta Vecinos de la del Valle.

Compartir las fotos de perros perdidos. Encontrar un perro. Adoptar un perro. Ser un perro. Buscar la mejor luz para fotografiar a tu gato. Ponerle un filtro. Sentarse a esperar guiños y comentarios.

Revisar la foto cada cinco minutos.

Ir con un ortopedista. Ir con un quiropráctico. Ir con un acupuntero. Visitar al ser supremo meditando. Hacer yoga. Doblar las piernas hasta tocarte la coronilla. Poner la mente en blanco. Comprar un tapete para no sudar la madera.

Curar con las manos.

Aprender tzotzil. Visitar Las Magdalenas. Saber quiénes son Las Abejas. Poner repeat en el disco de Manu Chau que esconde la voz de Marcos hasta que alguien escuche que lo escuchas. Plantearte la posibilidad de mudarte a la selva Lacandona. Mudarte.

Terminar vendiendo alpargatas en una banqueta de San Cristóbal.

Saltar el torniquete, acampar en el Zócalo, fotografiar granaderos. Leer sobre el 132, decir que eres 132, criticar la poca pericia del 132. Odiar a Attolini.

Ser un granadero que lee.

Leer un libro. Leer diez. Fotografiar un fragmento. Deambular por librerías. Opinar sobre un libro, sobre un autor, sobre una generación. Agrupar a los autores en generaciones.

Escribir un libro.

Colaborar con una revista de política de izquierda. Colaborar con una revista de política. Colaborar con una revista. Colaborar. Unirte a un colectivo.

Llamarle colectivo.

Ir a la India. Escuchar a Devendra Banhart. Dejarte la barba. Las rastas. El bigote. Engomarlo.

Canalizar la energía.

Hacer ecoturismo. Hacer composta. Separar la basura. Tatuarte. Unirte a un grupo de chicas que muestra las tetas.

Encontrar contra qué protestar.

Usar un hashtag.

Encarar a Peña Nieto en twitter.

Comprar un iPhone. Comprar otro iPhone. Comprar el nuevo iPhone. Ponerle un protector que simula un casete de cinta. Abrir Spotify. Explorar nuevas bandas. Presumir que tu banda favorita no la ha escuchado nadie.

Obligarte a escucharla.

Viajar a Europa. No visitar la Torre Eiffel. Comer en un restaurante pequeño.

Fotografiar la comida.

Seguir a Bret Easton Ellis en las redes sociales. Escribir una versión propia de Less than Zero. Leer en Wikipedia qué más ha escrito. Descargar sus otros libros.

Tenerlos.

Abrir un blog. Leer Pichfork. Leer Vice. Leer Jot Down. Leer The Guardian. Dejar de comprar en Walmart. Dejar de comprar en Soriana. Dejar de comprar. Unirte a la cienciología. Leer sobre cienciología.

Despreciar la cienciología.

Leer a Kant. Leer a Hegel. Cagarte en Kant. Decir que entendiste a Hegel. Escribir haikus.

Tatuarte un haikú.

Decir que Gravity es una mierda. Añorar las viejas películas de Woody Allen. Ir a la Cineteca. Soplarte el tour de cine francés entero. Decir que fuiste al tour de cine francés. Ser fan del cine francés.

Ser fan.

Tomar mezcal. Despreciar el tequila. Fingir que te gusta el mezcal. Devorar las naranjas que te dan con el mezcal para que no te sepa mucho. Pedir sólo cervezas artesanales. Pedir sólo cervezas artesanales orgánicas.

Aprender a que te guste de nuevo la cerveza.

Llenar tu casa de artesanías. Comenzar un negocio de artesanías.

Fracasar.

Leer este texto. Escribirlo. Comentarlo. Despreciarlo.

Compartirlo.

Creer que algo de lo anterior te hace moralmente superior.
Reflexionar sobre el término moralmente superior.

Concluir que el término mismo es contradictorio.

@_zemaria

noviembre 19, 2013

Dos consideraciones, dos conclusiones.



Primera. Tendemos a pensar que construimos nuestro futuro. En realidad nos pasamos la vida construyendo nuestro pasado, tratando de justificarnos todo el tiempo. Somos quienes hemos sido, no quienes seremos. Ninguna decisión repercute eficazmente en nuestro futuro, sino en la forma en que habremos de estructurar nuestro pasado. Todo el tiempo pensamos en lo que sucederá, en quién seremos, en lo que habremos de hacer, pero siempre nos colocamos allá, en el fondo, en lo más recóndito del futuro, para poder imaginarnos mirando hacia atrás, respirando hondo y diciendo sí, eso es lo que quería hacer de mí.

La imaginación es esclava de la memoria.

Segunda. El verdadero creador está al final del tiempo, no al principio. Me parece más consecuente pensar que aquél que escribió la fatalidad estará esperándonos al final de todo, en el último momento, cuando cesan las historias, que pensar siquiera que estuvo al principio, que creó y desapareció, que dispuso lo que habría de suceder en lugar de ordenar lo que ya había sucedido. Todas las historias acerca de dios son proyecciones nuestras, todas han sido concebidas con un orden cronológico ascendente. Ahí me parece que hemos errado el camino.

El creador está allá, en donde todo termina menos él.

Así se estructura nuestra historia, nuestras historias, que son todo lo que tenemos, todo lo que somos. Por tanto, parece justo decir que vivimos en reversa, caminando de espaldas hacia delante ponderando lo que ha quedado atrás. Y, por consiguiente, entendemos la historia de nuestro creador también en sentido inverso al que debería ser: en un principio era el logos, decimos, cuando es claro que sólo al final del desarrollo de todo lo desarrollable será cuando podremos hallar un logos de las cosas. Los génesis diversos de las culturas son conclusiones disfrazadas de axiomas, son nombres dados a posteriori y presentados a nuestras consciencias como ideas a priori.

Hay que escapar de esta inercia, corromper la noción de progreso, destrozar las hipótesis. Esa es mi arenga.



noviembre 11, 2013

Mi cuerpo es un país.




Mi cuerpo es un país lejano, utópico, descrito por un Calvino triste. Es un terreno medieval. Es un ojo que mira cómo los grandes se cubren de linos, futuros y casimires. Siente frío en la superficie y un calor degradado en el centro, bajo las placas tectónicas. Es un país más bien pequeño, casi una isla. Un país que está contento con la idea de progreso que se admite como axioma en los cafés, en los gritos de las calles y en las discusiones cotidianas de las albercas públicas.

Mi cuerpo es un país independiente, libre. Está jodido. Jodidamente pobre. Casi no tiene tradiciones. Sus habitantes se arrastran a veces, las calles están llenas de veteranos de guerras. Hay siempre guerras. Cada fin de semana, que significa cada siglo si hacemos la conversión Historia-historia.

Mi cuerpo sufre guerras intestinas. Cada caído es un monte, cada paso un terremoto, cada amor una salida de la atmósfera: una carrera espacial. Apocalíptico, apenas milenario, corroído por los fantasmas de la razón y la herrumbre de la región hepática, que es la más transparente.

Mi cuerpo es un país laico, que disfruta la historia de dios como se disfruta el vuelo de un ave o un café con avellana. Mi cuerpo no cree en dios pero sí tiene credo, cree en la historia que nos hemos contado de él. En todas las historias. Mi cuerpo no prohibe. Mi cuerpo no avanza ni quema ni mata. Mi cuerpo debería estar desnudo todavía.

Hace muchos años, hace unas horas que comenzó la revolución. La patria se parte. Las fronteras de las provincias son muros de países, cubos de azúcar, el sonido de las cucharitas girando a contracorriente. Oleadas violentas. Y mis aliados, países de bonanza. Y mis aliados, paraísos fiscales. Y mis aliados, playas veraniegas.

Hoy acaso se escucha el viento de mi cuerpo. Corre por dentro serpenteando, reptando, no corre. Hoy hay unas ruinas y canchas olvidadas. Iglesias que se pudren y teatros con ecos de aplausos. Parques grises y niños grises. Un país deja de serlo cuando el gobierno y el territorio y la población, una o las dos o las tres juntas, desaparecen. Entonces no sólo no es país ni terruño ni hectárea. Es vacío.

Mi cuerpo es una patria sin nombre. Mi cuerpo es un vacío con bandera. Mi bandera es un cuerpo desnudo. Mi pasado es la historia del mundo, de todo el mundo.


@_zemaria



octubre 01, 2013

Stand up philosophy II

En 2011 se publicó en este blog una serie de, no voy a llamar novelas gráficas, más bien, cuentos gráficos (por su extensión) o, de plano, estupideces gráficas (por su contenido), que pretendían bajar de la nube idílica a los pensadores más grandes de la historia. Problemas ordinarios surgidos ante mentes extraordinarias.

Esa entrada puede consultarse aquí:

http://fobiosofia.blogspot.mx/2011/07/stand-up-philosophy.html

Es una de las entradas más exitosas en la historia del blog. Por esa razón, la redacción se puso a trabajar una segunda entrega deseando que la disfruten tanto como la primera.

Comenzamos con una navidad en compañía de Guillermo de Okcham; más tarde, lidiamos con los desórdenes alimenticios de Sartre; inmediatamente después, viviremos la intimidad de una tarde de verano con Leibniz y Spinoza; y, por último, haremos un viaje de más de 24 siglos de atropobúsqueda.


* HACER CLICK EN LAS IMÁGENES ES RECOMENDABLE, PARA VERLAS MÁS GRANDES.




julio 23, 2013

Minotauro

 
 
–Al menos los dos nos debemos al mar –dijo y se levantó del sillón.

El camino hacia fuera de la casa de Ariadna era largo y posibilitaba el arrepentimiento, el surgir de un hilo de voz que lo traería de vuelta, el tiempo suficiente para la reconsideración inmediata. Pero no.
Al cerrar la puerta supo que la había perdido.

Arriba todo oscuridad. Sólo el ojo de la noche, decididamente hostil, iluminando los perfiles de las cosas. Un mes exacto desde que la luna no miraba el suelo así, enfática y arrogante. Ariadna ya no lo amaba, era así de sencillo: se había ido a enrollar con un pescador, dios mío, un hombre de familia histórica que jugaba a ser pobre, que pescaba desde un yate. Ni el puerto ni el cielo estaban de humor esa noche. O bien lo estaban, porque la ira es también un humor. Uno denso y cálido. Los vientos del Norte azotaban partes enteras del malecón, el mar estaba picado con aceros, insondable.
El nuevo hombre de Ariadna era rubio y usaba bermudas blancas, al menos en ese par de fotos que mostraban un gran animal colgado todavía del anzuelo del hilo del brazo derecho. Su cinturón, de tela con las puntas de cuero, tenía el color del café con leche y combinaba con sus zapatos, también de cuero. Era un joven adinerado, que viajaba y pescaba por diversión pero que aún así se presentaba como pescador, con toda la indignidad que tiene jugar al semántico irónico cuando se tiene resuelto el futuro de tres generaciones. Se llamaba Juan, como si no se apellidara Sampedro.  
Así debía ser un hombre nuevo. Los hombres viejos, aunque jóvenes, no son rubios ni se apellidan Sampedro. Son, casi siempre, serios y morenos, de pelo corto. Son biólogos marinos encuartelados en Veracruz, dedicados al estudio y al cortejo sincero y breve. Son como Roberto Gómez.

–Estoy viendo a Juan Sampedro –susurró Ariadna.
–¿A ese imbécil? –preguntó Roberto Gómez.
–Sí. Lo siento. Ya no podemos vernos más tú y yo –sentenció ella.
–Bueno, al menos los dos nos debemos al mar –dijo él y se marchó, con dignidad.

Sus zapatos no daban para caminar mucho. Eran unos Converse que llevaban años fieles a sus pies. A los dos o tres kilómetros los arcos comenzaban a tirar hacia arriba en espasmos. Roberto caminó, sin embargo, porque tenía ganas de ver cómo las olas brincaban a la calle en el malecón, cómo la espuma surgía rabiosa de la boca del mundo. Aún sin lluvia el viento era caótico y, bien metido a la negrura de la noche, asustaba. Llegó así, de una cuadra a otra, a la orilla de la ciudad, del estado, del país y del continente, justo por el medio del paseo turístico.
Siguió la vereda de adoquín bañándose horizontalmente con un ritmo también azaroso. Cuando apretaba el paso era para sentir la cachetada de agua que saltaba desde el mar al chocar con la barda; cuando lo aflojaba, para sentir la humedad de la ropa. Estaba como para no estar y no pensaba nada en concreto, sino una totalidad de pensamientos, al menos de los posibles al momento, que se contradecían y superponían, creando una masa informe sin articular adentro de su cabeza, tan negra como el mar de esa noche.

El ojo del cielo cerró sus párpados de nubes.

Al terminar de andar la vereda, esto es, al final del muelle que franquea la entrada de las embarcaciones menores, vio algo moverse dentro del agua. Un bote girado hacia abajo. Los pensamientos se disolvieron como la espuma en la resaca de la tarde. Se sacó los Converse y se echó al agua. Hubo un silencio instantáneo y hubo también un jalón continuo de ropas. Luego, la superficie en guerra.
Sentía en los pies arena como metralla y algas acariciándolo con masoquismo. Ubicó mentalmente la situación del muelle, el malecón y el bote volteado. Comenzó a nadar hacia él. Los instintos le jugaron a favor: no había sido un arranque momentáneo. Miró con los ojos de lluvia un brazo colgado a babor de una cuerda maciza, el rostro y el torso hundidos en el agua. El instinto que le había hecho saltar había sido más bien una premonición, una adivinanza añeja que venía de ser pensada por otros hombres en otras épocas. Quizás había visto cómo la barca se volteaba y no lo advirtió con la razón, sino sólo con las piernas que resortearon hacia el agua. Se había tirado para salvar a un hombre de la muerte en el mar.
Llegó exhausto hasta el borde del bote. Tomó al hombre de la axila y desembrolló el brazo. Comenzó a nadar tirando de ese cuerpo quieto y pesado hacia el muelle. El mar regañaba sus brazadas, revuelto como por la ira de un dios que odiaba a ese hombre y también a Roberto. Quizás había más gente atrapada debajo de ese cascarón a la deriva, pero él no estaba en condiciones de remolcar a nadie más. Ellos, si estaban, estaban absolutamente perdidos. Continuó la lucha. Sus piernas comenzaban a vacilar, el agua se le metía sin ritmo por entre los labios y por la nariz. Ahora la espuma del mar era la de su boca. Sentía cómo la muerte abrazaba ya no sólo al cuerpo que venía arrastrando, sino también al propio.
Llegó al muelle, a los postes lamosos del muelle. Qué lejos quedaba la superficie. Qué lejos quedaba ya la oportunidad de salvarse. Un azote tras otro, la cabeza le rebotó en la madera y se abrió la frente. En el malecón nadie, en el muelle tampoco. La única música era un chasqueo terrible de aguas golpeándose entre sí en una enemistad primigenia. Con un último esfuerzo alcanzó a cargar la mitad del cuerpo por encima de su cabeza, sacarlo del agua significaba sacar un pez de ochenta kilogramos. Lo arrojó sobre una tabla diagonal que comenzaba en el medio de un poste y terminaba en la parte superior del poste siguiente. Lo atoró ahí, con el abdomen oprimido contra el ángulo de madera. Él se hundió tirado hacia abajo por una corriente enojada que lo quería matar.
El cuerpo de Roberto sería hallado por el trabajador de un astillero tres días más tarde; sus Converse, por un buscador de monedas en el malecón.
El cuerpo atorado en el poste del muelle, cuerpo que no era cuerpo sino un hombre, un hombre vivo, despertó cuatro horas más tarde, pasada la revuelta. Salió por propias fuerzas por una escalera atada en la barda. Juan. Juan Sampedro. Con la ropa rasgada, sus bermudas blancas y el pelo rubio enredado, no pensó en otra cosa que en hacer de madrugada el largo camino hasta la casa de Ariadna. Llegó ahí, tocó la puerta con fuerza y se sentó a esperar a que alguien la abriera.

mayo 18, 2013

La renuncia


  El narrador hace una pausa. Aprovecha para aclarar la garganta, salir de ahí momentáneamente para tomar un vaso de agua y, de una vez, darle tiempo al lector para que reflexione sobre lo que acaba de leer.

   Es un oficio ingrato el de contar, piensa el narrador. Sobre todo cuando las historias son de muertos vivientes, sin ninguna originalidad, con el camino recto hasta el final. Aunque tampoco le gusta, a decir verdad, contar esas historias en las que los personajes se tiran diálogos de nueve páginas, tratando de sonar como personas. Pero es lo que hay y nada más. Está obligado a poner su voz al servicio de los tiempos verbales, estacionarla en un pasado continuo, remoto, que se acerca siempre y que no llega nunca.

   Vuelve entonces al relato. El lector arruga la cara para concentrarse de nuevo. No hay que estar muy concentrado, pero este lector es lento, inútil y feo como un palíndromo. Los zombis se diseminan como esporas, el virus es el mismo de siempre, aburrido, sin una descripción que hubiese obligado al autor a investigar nada, sin mutaciones. El típico relato que el autor piensa que puede sacar a flote mediante descripciones grotescas, no técnicas, acerca de sensaciones y pensamientos generales del personaje central. La pereza que deslava la verosimilitud del relato y, por tanto, al relato mismo. Un relatito menor, desnudo.

   Hay que seguir adelante, es el mundo del empleo. Y ahí se arranca otra vez. Cuellos rotos, balazos de escopetas a lo ranchero gringo, porque aunque el relato está situado en un puerto de Perú probablemente consultado en Google Maps los personajes viven en suburbios gringos, de porche y jardín al frente, sin reja. El autor ha visto las mismas series y películas que el lector. También el narrador las ha visto, pero las odia.

   Entérese usted entonces de la escena en términos más generales: tenemos a un lector tirado boca arriba, tiene 35 años, vive un sábado, su mujer no existe porque hace tiempo que dejó de ser suya. También hay un autor que probablemente esté acostado, con las cortinas del cuarto cerradas, tratando de pensar qué más escribir para el semanario que le paga. Y está, atrapado en medio del juego lector-autor, el narrador. Un hombre de 45 años, voz privilegiada, grave y camaleónica, triste porvenir.

   La cuestión es que el narrador está harto de narrar. Y sobre todo de narrar esto. Tiene tiempo que trabaja sin gusto y por dinero si ambas cosas no son una sola y está en un momento de valoración existencial, de reflexión dura, que puede desembocar en el abandono definitivo, en la renuncia y, queda claro, en la suspensión abrupta de la historia que narra, del tiempo y del espacio que describe. Los personajes de esa narración están por perder su sustancia y no lo saben, ese mundo va a colapsar: los vivos y los zombis morirán, esta vez definitivamente.

   Pero también estamos usted y yo. No debíamos aparecer aquí. No debía decir que hay un narrador yo que está contándole a un lector usted la historia de otro narrador y otro lector. Esta es, sin embargo, la situación. Hablar de lo que se escribe en el texto mismo es un tabú, pero usted y yo sabemos bien de lo que se trata, no somos estúpidos ni moralistas.

   Vuelvo a la historia: el narrador se harta, se detiene. El lector queda atrapado en un silencio incómodo. Los zombis se desvanecen. El narrador se va, renuncia, y el lector queda entonces libre, sin tiempos que lo sometan ni avatares que lo incomoden o lo regocijen. No ha entendido lo que acaba de suceder.

   Aprovecho para anunciarle que yo también me voy, pero no porque esté harto, sino porque ya no tengo nada que contar. Usted también es libre. Pienso, mientras me levanto para salir de esta realidad textual, en la cercanía fonética de las palabras «libro» y «libre».


marzo 24, 2013

La Barra Conservadora, cánticos de cancha.

Es un lugar común comparar la religión con el futbol: los ritos, los símbolos, la fe, el fervor, la consagración con alcohol, las lágrimas y hasta las celebraciones extáticas.

Ir a la cancha se parece mucho a ir al templo. Para los seguidores de Pumas, además, también coincide el día dedicado al objeto de culto: el domingo.

Propongo entonces algo que no debería sonar raro: cánticos de cancha basados en melodías cristianas. Si odias el futbol y/o los ritos religiosos, debes abandonar el blog en este punto.
(CADA IMAGEN ES UNA LIGA A UN VIDEO EN YOUTUBE, DALE CLICK A LA IMAGEN)





marzo 06, 2013

Introducciones a tres historias que no existen

Prefacio. 
 Así como a veces me asaltan la mente ideas completas, cerradas, que considero medianamente interesantes o quizá estúpidas, así también a veces me llegan pedazos aislados de ideas: pequeños trozos con órdenes cronológicos o sentidos narrativos (casi siempre introductorios), pero incompletos y deformes (casi siempre sin final). Nunca he estado a favor del aborto eidético. Las rescato, trato de darles consecuencia y rara vez lo logro. Presento aquí tres. Sólo la segunda idea encontró acomodo, sólo la segunda vive también en otra historia, con pies y con cabeza, sin vergüenza.

 


Uno

La ciudad desde las alturas. Este monstruo gris que se esparce inadecuadamente por encima de toneladas de basura y cascajo, que penetra con vida y gente y ladrillos cada una de las calles, como el delta de un río de historias. Cerca del centro, cargado ligeramente hacia el sur, el edificio. Es blanco. Desde cientos de metros de altura se sospecha diminuto, no como el centro comercial que se encuentra apenas cruzando la calle. A pocos metros la percepción cambia. Desde el nivel del suelo toma su forma original, la que el arquitecto imaginó: un edificio oblongo, blanco y de tres plantas, con grandes ventanales de párpados cerrados, que crece y respira. Cortinas muy gruesas protegen sus tesoros. Un pasillo angosto sale hasta la banqueta para saludar, seducir y atraer bichos con su lengua de asfalto. Como moscas los peatones huyen, algunos caen. Entran.

El museo a nivel del suelo. Dos pasillos laterales y una rampa oblicua central que parte las plantas como la ranura de una alcancía. Pisos fríos, blancos, que reflejan la parquedad del techo y celebran los pasos de mujeres con tacones, les aplauden, chillan cuando los pisa un hombre con calzado de goma. Es el museo central de la ciudad central del país. No ostenta su grandeza en el tamaño, sino en la historia que recubre sus paredes.

Segundo piso. Hubo que librar las exposiciones temporales. Cuando se recorre el pasillo oeste, asalta un aroma de óleo seco, un crujir de muros y cambios abruptos de temperatura. La gente se amontona con cierta decencia, el calor arrecia, también el zumbido de las máquinas climáticas, electrónicas, que se redoblan para seguir engañando a las obras, para que no se despierten.

Entonces se puede contemplar la obra maestra. Ahí comienza el tránsito. Ahí también la ligereza. No importa de quién es, no importa quién la pintó. Es posesión absoluta del edificio, es su diente de oro.

Dos

La voz del encargado de poner la música resuena a lo largo del lugar. Se cuela en las bocinas un silbido vicioso. La gente espera que empiecen ya los shows principales, que es realmente la razón por la que siguen ahí, por la que siguen pagando esos precios de las bebidas y por la que, en primera instancia, la mayoría pensó pasar unas horas en ese desgraciado lugar. No quedan muchos en el local. Los que suelen llegar tarde ya no llegaron. Él mira fijamente el escenario mientras escucha el repertorio de frases hechas que usa el animador para presentar a la siguiente bailarina. Enunciados que juntan sustantivos como diosa y piernas con adjetivos tan consecuentes como fogosa, milenaria e infartante. Entonces ella asoma la cabeza por entre los telones que penden del techo. Sonríe con picardía. Enseña una pierna. Él la mira a los ojos, quiere hacer contacto visual con ella. Quiere saber, en el fondo, que no baila para nadie más que para él. Sale por fin, de cuerpo entero. Lleva puesta una falda plisada, a cuadros, que simula el uniforme de una escuela pública. Está maquillada hiperbólicamente. Las mejillas muestran un rubor intenso, casi ígneo, que nunca se ha visto sobre la piel de nadie.

Él piensa en que la tormenta ha arreciado. No tiene idea de lo que está pasando afuera, en la calle, en ese mismo momento. Una de las tormentas más largas y caudalosas de la historia reciente de la ciudad está cayendo. Pero él piensa en la tormenta interna. Piensa en sus hormonas desordenadas, chocando entre sí. Piensa —más bien, siente— la concentración de sangre entre sus piernas. Ese rocío que contempló en la lejanía es ahora una lluvia tormentosa que le moja los pies. Ella está en el suelo, escurrida, serpenteando y evaporándose, abriendo todas las bisagras de su cuerpo, provocando la humedad como si se hubiera colado desde afuera, como si estuviera en comunión con las tormentas emocional y meteorológica que lo azotan a él y a la ciudad, respectivamente.

Él se levanta del sillón. Casi se cae.

Tres

Había una toalla colgada en el baño. Tiesa. Se había secado por la soledad, porque ni el viento ni el sol la habían hecho ondear. Decidió no usarla. Después le hubiera picado todo el cuerpo, como cuando se seca el jabón sobre la piel. Le sucedía a menudo. Una comezón que casi siempre empezaba en el interior de los muslos, que casi siempre empezaba alrededor de las diez, que casi siempre empezaba cuando estaba en junta. Rascarse hacia suponer a los demás que se estaba acomodando los genitales. O que no se había bañado.

Salió del baño sin secarse. Dejando un camino à la Gretel para saber volver. Ya estaba muerto de frío, los pezones puntiagudos. ¿Para qué iba a volver al baño? La pura costumbre de secarse ahí dentro. Fue a la recámara de invitados, al clóset. Ahí estaban dobladas otras cuatro toallas. Estuvieron limpias hace dos meses. Ahora quién sabe. No por estar dobladas y sin usar permanecían limpias. Mucho menos dentro de ese clóset que parecía tener un ecosistema propio. Nevaban hojuelas de polvo, como en los inviernos de tristeza.

Tomó la toalla de hasta abajo, la que imaginó menos sucia. Estaba más tiesa que la que se había secado de olvido en el baño. Ya era tarde para intentar otra cosa. ¿Y qué podría intentar? Volvió al baño. ¿Para qué? Para secarse ahí dentro. Usó la toalla tostada, la que había descartado primero, para ir barriendo sus migajas de agua. La toalla tomó forma poco a poco, como un pez que reviviera en el lecho de un río desviado.
 
Puso una lavadora. Sólo toallas sucias, algunas sin usar. Alcanzó a apretujar un par de calzoncillos dentro del tambor. El centrifugado haría estremecer todo el departamento. Lo predijo. Y sucedería así, pero él todavía no habría vuelto a casa para atestiguarlo. Que lo soporten los vecinos. Programó la lavadora para que empezara a las seis. Llegaría a las siete a sacar y a colgar. Nunca a planchar. Nunca planchaba.

Se apuró y se fue, pensando en formas de agua. Dejó la puerta del departamento abierta.