abril 29, 2015

El aparato de poder busca votos para perpetrarse



Ciudadano apático, vota por nosotros.
Adorador de instituciones, vota por nosotros.
Señora de la casa, vota por nosotros.
Proveedor gubernamental, vota por nosotros.
Familiar de diputado, vota por nosotros.
Columnista de Milenio, vota por nosotros.
Empleador de la Aristegui, vota por nosotros.
Acta de la alianza, vota por nosotros.
Deudor de las reformas, vota por nosotros.
Beneficiario del fisco, vota por nosotros.
Anarquista grafitero, vota por nosotros.
Hijo de cirquero, vota por nosotros.
Dueño de pantalla, vota por nosotros.
Cliente de Soriana, vota por nosotros.
Socio de Higa, vota por nosotros.
Socio de Ecoparq, vota por nosotros.
Socio de Ecobici, vota por nosotros.
Arquitecto Norman Foster, vota por nosotros.
Ciro Gómez Leyva, vota por nosotros.
Seguidor de Tercer Grado, vota por nosotros.
Actriz de Televisa, vota por nosotros.
Detractor de normalista, vota por nosotros.
Ciego por elección, vota por nosotros.
Sordo temporal, vota por nosotros.
Periodista amaestrado, vota por nosotros.
Criador de mirrey, vota por nosotros.
Egresado del Cumbres, vota por nosotros. 
Policía asesino, vota por nosotros.
Narco desempleado, vota por nosotros.
Político asentado, vota por nosotros.
Jefe de gobierno, vota por nosotros.
Granadero analfabeta, vota por nosotros.
Crítico de Twitter, vota por nosotros.
Hacedor de verdades, vota por nosotros.
Líder de opinión, vota por nosotros.
Futbolista retirado, vota por nosotros.
Funcionario disfuncional, vota por nosotros.
Juez de nuestra nómina, vota por nosotros.
Creativo de nuestra campaña, vota por nosotros.
Empresario de nuestros favores, vota por nosotros.

Pueblo desmemoriado, vota por nosotros.
Destino manifiesto, vota por nosotros.
Mayoría minoritaria, danos la paz.


Amén. 

febrero 27, 2015

Alimentos transfigurados




Tienen químicos.
Gluten.
O pesticidas.
O fueron modificados genéticamente.
Son transgénicos.
No son orgánicos.
No son artesanales.
No son comercializados de manera justa.
Los venden en Walmart.
O pueden contener trazas de pescado.
De tilapa.
O tienen conservadores.
Son cáncer.
No son de una granja amigable.
No fueron regados con arcoiris.
No se criaron escuchando a Mozart.
Nadie les cepilló el lomo.
Nadie habló con estas plantas.
Nadie acarició los hongos como si fueran penes.
Hay tanto karma.
Hay tanta energía negativa fluyendo por ellos.
Son antenas del mal.
No están vivos.
Son monstruos.
Para monstruos.

Eres un monstruo.

enero 27, 2015

Paz parmenídea

Imagen de savagechickens.com


Casi todos los narradores y cronistas se aferran a uno de los dos extremos de la corrección política, a saber, omiten cualquier comentario que pueda resultar remotamente ofensivo para el miembro de alguna comunidad, género o religión; o, muy al contrario, despilfarran palabras feas como si fueran gratuitas porque se les para la verga al escribir la palabra "verga". Hay tanto público para la vulgaridad gratuita como para la corrección impoluta, ¿no es cierto?

Pero también hay algo de público en medio. Yo prefiero arrastrarme por el terreno entre lo verosímil y lo verdadero buscando la intersección imposible de esos términos. Tratar de moverme en ese eje y no en el otro. La corrección y la incorrección son conceptos, a mi juicio, aburridísimos y subjetivos, surgidos de una moralidad frágil y corrugada que está de moda desde que la red nos dio espacio a todos para hablar sin filtros, es decir, desde el Facebook.

Si tengo que decir que le miré las nalgas a alguien, sin embargo, y sólo si tengo que decirlo, lo hago. Es una práctica común en mí, por cierto —la de mirar traseros—, como sospecho primero y confirmo inmediatamente después que hacen muchos hombres y mujeres, jóvenes y viejos de todo el mundo, sin pedirle permiso al dueño. No me enorgullezco, pero es cierto, ni qué decir.

Esta vez, anoche, mientras miraba las nalgas de una policía que según yo me sonrió al pasar, en mis audífonos sonó "We only said goodbye with words, I died a hundred times" con la impresionante voz de Amy Winehouse. Me pareció una coincidencia improbable porque la mirada que yo le dedicaba a la policía tenía la forma de una despedida definitiva, tenía su amargura. La concurrencia del verso y la mirada me subrayó ese pensamiento exagerado que subyacía y que no había hecho aún conciente: ese cruce podría no volver a suceder nunca más.

Varios de mis pensamientos cotidianos tienen el mismo destino: la conciencia del horror de la fugacidad, de la tragedia de lo efímero: de la horrible naturaleza humana. Supongo que en eso consiste la depresión, o al menos en parte. O al menos en mi caso.

Fue una miniepifanía. Durante los siguientes pasos comencé a pensar que esa otra persona, esa voz que escuché al paso, la visión del Viaducto con poco tráfico a una determinada hora de la tarde, todas las nubes y muchas otras cosas estaban sucediendo por única y última vez frente a mí. Casi todas las visiones, olores precisos y sonidos están siendo percibidos por última vez por mis sentidos.

Se me nubló el cielo en segundos. Hablo de mi cielo particular, había aún sol.

Entonces llegué a casa y giré la llave para abrir la puerta. Pensé en la cantidad de veces que he repetido ese gesto, idéntico, y en la cantidad de veces que me quedaban por delante. Muy probablemente no será la última vez que lo haga, concluí.

Se me despejó el cielo un poco. Un clarito, pues, aunque la noche caía ahora negra.

Eso es. Yo no sabía exactamente por qué amo tanto las rutinas. No había reparado lo suficiente en el hecho de que estoy irremediablemente sumergido en tantas rutinas, que con sólo enumerarlas se estaría describiendo el noventa por ciento de mi vida.

Soy feliz cuando estoy cómodo y estoy cómodo sólo en la rutina. Me siento bien cuando me levanto a tiempo, cuando entro o salgo de trabajar a la hora de siempre, cuando es martes y hay mixiote, cuando es domingo de Pumas y vienen los mismos de siempre por mí para ir al estadio, a la misma hora. Soy un hombre de rutinas.

El derrumbe de mi estado de ánimo cotidiano es consecuencia del desbalance de las acciones y los tiempos. Soy un esclavo de la repetición. Un esclavo que lame el grillete con fruición (y devoción y puntualidad). Si no me levanté a las 8:30 y tomé un café a las 9, oficialmente el día ha comenzado mal. Por eso no soporto a la gente que habla de romper la rutina como si esa pequeña rebeldía burguesa fuera la fuente de la felicidad. Escápate de la rutina, nos dice la publicidad. ¡No! Por favor no. Si constantemente sientes la necesidad de salir de tu rutina, quizás deberías más bien cambiar de rutina. Algo estás haciendo mal.

Yo estoy feliz con las mías, ¿por qué me voy a escapar? ¿Por qué carajos debería salir de mi "zona de confort" si lo que estoy buscando —¿acaso no todos?— es justamente quedarme en ella para siempre? ¿Quién es ese tipo que habla de salir de la zona de confort? Fíjense bien, casi siempre el que nos espeta con dedo inquisidor, el que nos recomienda con superioridad moral (a veces aun ontológica, según cree) que debemos romper la rutina y dejar nuestra zona de confort es un mediocre rutinario.

Pero tampoco hay que señalar a ese tipo. Por definición la mayoría de la gente es mediocre. Es un axioma. ¡Qué necedad exigirle a tanta gente que no sea mediocre si la mera existencia de los mediocres es la que garantiza al ganador su lugar fuera de la masa!

Vuelvo al tema de la causa. Ayer en la noche, fruto de la experiencia estética que comenzó en el azul profundo del uniforme de la policía, llegué a la respuesta de por qué disfruto tanto la rutina, la calma, el confort y la mediocridad (aunque esos cuatro términos no tengan necesariamente una relación formal ni causal). La rutina me aleja de la fugacidad, me hace olvidar el drama humano, el tiempo, la insignificancia de la existencia, la fragilidad del instante y el eterno correr del río heracliteano que tanto miedo me infunde. La rutina garantiza (si no garantiza al menos promete) que aquello que estás haciendo lo volverás a hacer después una vez más. Nada se ha terminado, todo permanece. 

Después de todo quizás no seamos sólo una mota en el viento.

Así que adiós, amiga policía. Espero verte todos los días a la misma hora, moviendo las caderas por la lateral de Viaducto como diciéndome "hola, hola, hola, muchacho. Vive que la vida es larga".


octubre 11, 2014

Había una voz




Contar historias no es un arte. Sí lo es, pero la definición es imprecisa. Más bien es el arte. Me gusta pensar que todas las representaciones artísticas son precisamente narraciones, lineales, cronológicas, explícitas o no, de lo que sucede, sucedió y, mejor aún, podría o no podría haber sucedido. Incluso la mera transmisión de sensaciones que pretende muchas veces la música o el arte plástico es, en un sentido muy muy abierto, un forma de la narrativa humana. El arte abstracto, como el expresionismo, presupone una teoría que lo explica y que es narrativa en estado pura: discurso. Las obras musicales son también una cronología de sonidos y silencios que generan, a su vez, una cronología de sensaciones: el mero hecho de que la música esté metida en el tiempo, regida por él, que sea una sucesión de sonidos, la convierte en una narración.

Y si todas las artes son narraciones, entonces todas tienen un narrador.

Cuando me propongo corromper la hoja en blanco con palabras, siempre golpeo con el mismo obstáculo. Me gusta pensar que a veces logro superarlo, pero el problema está precisamente en que siempre lo hago de la misma manera.

El obstáculo es la voz narrativa. ¿Quién es esa voz? ¿A quién se dirige? Y, ulteriormente, ¿con qué finalidad? Esas preguntas sobre la voz narrativa son, para ser precisos, propiamente el obstáculo, no la voz. La voz es el vehículo con el que se superan.

Pienso en cuentos y en novelas. El escritor que los comienza debe resolver el arma con la que va a acometer la hoja blanca. Si no lo hace de manera consciente, lo hace de todos modos. Primera persona, tercera, narrador omnisciente, estilo directo, estilo indirecto, punto de vista o monólogo interior, stream of consciousness, etcétera. Desde el comienzo, como la clave de un pentagrama, el arma está elegida, se quiera o no, sea la mejor para las municiones que uno carga o no. Para cruzar el río hay que elegir una balsa.

Entonces intento que la voz cantante provenga del interior de uno de los personajes, que sea él quien habla, quien piensa, quien cuenta y dice. El famoso punto de vista que tanto nos limita. Y es que, elemental y cierto, una historia contada desde la mirada de un personaje, no puede contener lo que otro personaje piensa o desea o deja de hacer. El engranaje mental se reduce a una sola cabeza que tiene que ver, entender y juzgar con prontitud y perfección, pero escamoteando el todo, porque las historias se construyen mayormente a partir de lo que el lector ignora y, si quien narra es un personaje, debe también comenzar ignorando ciertas cosas para encontrar el sentido de contar.

Me niego a que la narración la haga un personaje. La narración es mía, no de él, yo soy el autor. Creo que el personaje debe estar ahí para hacer y decir y pensar, no para contar.

Entonces.

Comienzo a escribir y cuando menos me doy cuenta, ya estoy ahí, narrador de carne y hueso, yo, el autor, interrumpiendo el flujo de la historia, asegurándome de que el lector haya entendido, esté cómodo o quiera seguir. Interrumpo, siempre interrumpo, pongo en duda la verosimilitud, dudo y todo eso termina plasmado en la hoja también, junto con los pedazos de historia que pretendía narrar.

Por otro lado, no me gusta perder la verosimilitud del relato, me parece su característica más valiosa y contundente y pienso que, cuando flaquea o se pierde o al menos se debilita un poco, el relato entero se viene abajo. Nadie quiere escuchar cosas increíbles por inestables e inconsecuentes. El sentido de un texto radica en su verosimilitud.

No quiero confundir verdad o precisión factual con verosimilitud. Simplemente estoy hablando de sentido, de efectos que han sido causados y de causas que no se quedan sin efecto. Una cosa, otra y, al final, un enlace entre ellas. Narrar no es aislar sino unir, coser, construir.

¿Sigue ahí? Ya viene el final.

Lo que me sucede, en pocas palabras, es que me parece completamente falsa la narración en tercera persona de una voz que viene de quién sabe dónde y nunca dice cómo es que pensó esa historia o de dónde la recogió. No me parece justo con el lector utilizarla. Y, como expliqué antes, tampoco me gusta tener sólo un punto de vista y cargarle al personaje la penosa tarea de describir algo y contarlo además de vivirlo.

Cuando uno narra algo en una fiesta, whiskey en mano, y hay dos o tres personas escuchando, quien narra interrumpe, hace aclaraciones, explica lo que está contando, sus razones, la finalidad (aunque sea un chiste y la finalidad sea sólo hacer reír). Quienes escuchan saben quién es el narrador, lo conocen, lo miran, lo escuchan, tienen chance de interrumpir también y aclarar dudas. Saben cómo llegaron a esa situación en la que otra persona les está contando algo y por qué. Una voz que baja del cielo no es creíble, no es interesante, no tiene derecho a narrar algo que sucede acá abajo, con personajes que tienen derecho a reaccionar ante lo que escuchan.

Entonces llega mi zozobra. Comienzo a escribir una historia y termino escribiendo algo que tiene que ver con cómo escribí esa historia o cómo la inventé y por qué. Caigo en la trampa de la metaficción: una obra que hace referencia a sí misma en su desarrollo. Y es un ejercicio interesante para mí, pero dudo que lo sea siempre para el lector. Me entristezco.

Mi esposa dice que quizás ese es mi estilo, que no huya de él, que lo use a mi favor. Entonces recuerdo lo que hace poco escuché decir a Marçal Aquino: tener un estilo marcado no es ninguna cualidad, es más bien el defecto de no saber hacer las cosas de otro modo y terminar haciéndolas siempre igual.

Es eso. No sé escribir de otra manera, joder.

Otra cosa que me cuesta mucho es cerrar los textos, usted verá.


enero 22, 2014

Uno, punto y guión.



Nunca cumplo los propósitos de inicio de año, así que el único esta vez fue no hacerme ninguno. De inmediato me di cuenta de que había fracasado, porque aunque la lista mental de propósitos tenía sólo un elemento precedido por el imaginario número uno, era ya una lista. Había hecho una lista de propósitos.

Sin embargo, por el sólo hecho de estar en una lista de propósitos, mi propósito primigenio estaba condenado a no cumplirse. Así fue: hice más propósitos, de manera que cada vez cumplí menos si se permite la expresión— el único que me había hecho.

Comencé el año sumido en la perplejidad de la paradoja. Ah, y con reflexiones sobre las listas. ¿Qué es una lista? ¿Existen listas de un solo elemento? A la gente le gustan las listas. ¿Por qué?

1. Son fáciles de leer.
2. Dejan en suspenso al lector.
3. Mueven a la reflexión.
4. Hacen que las cosas que no han sido enlistadas pierdan importancia.
5. Son siempre materia de debate.
6. Son intentos por comprenderlo todo.
7. Mueven al lector a imaginar, luego a pensar, por último a hacer crítica.
8. Suelen terminar en números redondos, como el diez.
9. Guardan, casi siempre, una sorpresa para el final.
10. De ahora en adelante, sólo mujeres de piernas largas.

Listas.
Y listas, sobre todo, de propósitos incumplidos.
A eso se puede reducir mi año, cada año.

Mi vida.

enero 08, 2014

Ser en 2014



Aprender a gustar alimentos orgánicos, ahorrar para comprarlos, escupir en las corporaciones transnacionales, firmar campañas en contra de los transgénicos.

Aprender qué es un transgénico.

Comprar una bici en un pequeño lugar de la colonia Roma, colocarle una canastita al frente, conseguir un casco que combine con el cuadro. Fingir que se está cómodo con el sillón fálico. Fotografiar a los autos que obstruyen las ciclovías, subir las fotos a Twitter.

Denunciar baches en la cuenta Vecinos de la del Valle.

Compartir las fotos de perros perdidos. Encontrar un perro. Adoptar un perro. Ser un perro. Buscar la mejor luz para fotografiar a tu gato. Ponerle un filtro. Sentarse a esperar guiños y comentarios.

Revisar la foto cada cinco minutos.

Ir con un ortopedista. Ir con un quiropráctico. Ir con un acupuntero. Visitar al ser supremo meditando. Hacer yoga. Doblar las piernas hasta tocarte la coronilla. Poner la mente en blanco. Comprar un tapete para no sudar la madera.

Curar con las manos.

Aprender tzotzil. Visitar Las Magdalenas. Saber quiénes son Las Abejas. Poner repeat en el disco de Manu Chau que esconde la voz de Marcos hasta que alguien escuche que lo escuchas. Plantearte la posibilidad de mudarte a la selva Lacandona. Mudarte.

Terminar vendiendo alpargatas en una banqueta de San Cristóbal.

Saltar el torniquete, acampar en el Zócalo, fotografiar granaderos. Leer sobre el 132, decir que eres 132, criticar la poca pericia del 132. Odiar a Attolini.

Ser un granadero que lee.

Leer un libro. Leer diez. Fotografiar un fragmento. Deambular por librerías. Opinar sobre un libro, sobre un autor, sobre una generación. Agrupar a los autores en generaciones.

Escribir un libro.

Colaborar con una revista de política de izquierda. Colaborar con una revista de política. Colaborar con una revista. Colaborar. Unirte a un colectivo.

Llamarle colectivo.

Ir a la India. Escuchar a Devendra Banhart. Dejarte la barba. Las rastas. El bigote. Engomarlo.

Canalizar la energía.

Hacer ecoturismo. Hacer composta. Separar la basura. Tatuarte. Unirte a un grupo de chicas que muestra las tetas.

Encontrar contra qué protestar.

Usar un hashtag.

Encarar a Peña Nieto en twitter.

Comprar un iPhone. Comprar otro iPhone. Comprar el nuevo iPhone. Ponerle un protector que simula un casete de cinta. Abrir Spotify. Explorar nuevas bandas. Presumir que tu banda favorita no la ha escuchado nadie.

Obligarte a escucharla.

Viajar a Europa. No visitar la Torre Eiffel. Comer en un restaurante pequeño.

Fotografiar la comida.

Seguir a Bret Easton Ellis en las redes sociales. Escribir una versión propia de Less than Zero. Leer en Wikipedia qué más ha escrito. Descargar sus otros libros.

Tenerlos.

Abrir un blog. Leer Pichfork. Leer Vice. Leer Jot Down. Leer The Guardian. Dejar de comprar en Walmart. Dejar de comprar en Soriana. Dejar de comprar. Unirte a la cienciología. Leer sobre cienciología.

Despreciar la cienciología.

Leer a Kant. Leer a Hegel. Cagarte en Kant. Decir que entendiste a Hegel. Escribir haikus.

Tatuarte un haikú.

Decir que Gravity es una mierda. Añorar las viejas películas de Woody Allen. Ir a la Cineteca. Soplarte el tour de cine francés entero. Decir que fuiste al tour de cine francés. Ser fan del cine francés.

Ser fan.

Tomar mezcal. Despreciar el tequila. Fingir que te gusta el mezcal. Devorar las naranjas que te dan con el mezcal para que no te sepa mucho. Pedir sólo cervezas artesanales. Pedir sólo cervezas artesanales orgánicas.

Aprender a que te guste de nuevo la cerveza.

Llenar tu casa de artesanías. Comenzar un negocio de artesanías.

Fracasar.

Leer este texto. Escribirlo. Comentarlo. Despreciarlo.

Compartirlo.

Creer que algo de lo anterior te hace moralmente superior.
Reflexionar sobre el término moralmente superior.

Concluir que el término mismo es contradictorio.

@_zemaria

noviembre 19, 2013

Dos consideraciones, dos conclusiones.



Primera. Tendemos a pensar que construimos nuestro futuro. En realidad nos pasamos la vida construyendo nuestro pasado, tratando de justificarnos todo el tiempo. Somos quienes hemos sido, no quienes seremos. Ninguna decisión repercute eficazmente en nuestro futuro, sino en la forma en que habremos de estructurar nuestro pasado. Todo el tiempo pensamos en lo que sucederá, en quién seremos, en lo que habremos de hacer, pero siempre nos colocamos allá, en el fondo, en lo más recóndito del futuro, para poder imaginarnos mirando hacia atrás, respirando hondo y diciendo sí, eso es lo que quería hacer de mí.

La imaginación es esclava de la memoria.

Segunda. El verdadero creador está al final del tiempo, no al principio. Me parece más consecuente pensar que aquél que escribió la fatalidad estará esperándonos al final de todo, en el último momento, cuando cesan las historias, que pensar siquiera que estuvo al principio, que creó y desapareció, que dispuso lo que habría de suceder en lugar de ordenar lo que ya había sucedido. Todas las historias acerca de dios son proyecciones nuestras, todas han sido concebidas con un orden cronológico ascendente. Ahí me parece que hemos errado el camino.

El creador está allá, en donde todo termina menos él.

Así se estructura nuestra historia, nuestras historias, que son todo lo que tenemos, todo lo que somos. Por tanto, parece justo decir que vivimos en reversa, caminando de espaldas hacia delante ponderando lo que ha quedado atrás. Y, por consiguiente, entendemos la historia de nuestro creador también en sentido inverso al que debería ser: en un principio era el logos, decimos, cuando es claro que sólo al final del desarrollo de todo lo desarrollable será cuando podremos hallar un logos de las cosas. Los génesis diversos de las culturas son conclusiones disfrazadas de axiomas, son nombres dados a posteriori y presentados a nuestras consciencias como ideas a priori.

Hay que escapar de esta inercia, corromper la noción de progreso, destrozar las hipótesis. Esa es mi arenga.



noviembre 11, 2013

Mi cuerpo es un país.




Mi cuerpo es un país lejano, utópico, descrito por un Calvino triste. Es un terreno medieval. Es un ojo que mira cómo los grandes se cubren de linos, futuros y casimires. Siente frío en la superficie y un calor degradado en el centro, bajo las placas tectónicas. Es un país más bien pequeño, casi una isla. Un país que está contento con la idea de progreso que se admite como axioma en los cafés, en los gritos de las calles y en las discusiones cotidianas de las albercas públicas.

Mi cuerpo es un país independiente, libre. Está jodido. Jodidamente pobre. Casi no tiene tradiciones. Sus habitantes se arrastran a veces, las calles están llenas de veteranos de guerras. Hay siempre guerras. Cada fin de semana, que significa cada siglo si hacemos la conversión Historia-historia.

Mi cuerpo sufre guerras intestinas. Cada caído es un monte, cada paso un terremoto, cada amor una salida de la atmósfera: una carrera espacial. Apocalíptico, apenas milenario, corroído por los fantasmas de la razón y la herrumbre de la región hepática, que es la más transparente.

Mi cuerpo es un país laico, que disfruta la historia de dios como se disfruta el vuelo de un ave o un café con avellana. Mi cuerpo no cree en dios pero sí tiene credo, cree en la historia que nos hemos contado de él. En todas las historias. Mi cuerpo no prohibe. Mi cuerpo no avanza ni quema ni mata. Mi cuerpo debería estar desnudo todavía.

Hace muchos años, hace unas horas que comenzó la revolución. La patria se parte. Las fronteras de las provincias son muros de países, cubos de azúcar, el sonido de las cucharitas girando a contracorriente. Oleadas violentas. Y mis aliados, países de bonanza. Y mis aliados, paraísos fiscales. Y mis aliados, playas veraniegas.

Hoy acaso se escucha el viento de mi cuerpo. Corre por dentro serpenteando, reptando, no corre. Hoy hay unas ruinas y canchas olvidadas. Iglesias que se pudren y teatros con ecos de aplausos. Parques grises y niños grises. Un país deja de serlo cuando el gobierno y el territorio y la población, una o las dos o las tres juntas, desaparecen. Entonces no sólo no es país ni terruño ni hectárea. Es vacío.

Mi cuerpo es una patria sin nombre. Mi cuerpo es un vacío con bandera. Mi bandera es un cuerpo desnudo. Mi pasado es la historia del mundo, de todo el mundo.


@_zemaria



octubre 01, 2013

Stand up philosophy II

En 2011 se publicó en este blog una serie de, no voy a llamar novelas gráficas, más bien, cuentos gráficos (por su extensión) o, de plano, estupideces gráficas (por su contenido), que pretendían bajar de la nube idílica a los pensadores más grandes de la historia. Problemas ordinarios surgidos ante mentes extraordinarias.

Esa entrada puede consultarse aquí:

http://fobiosofia.blogspot.mx/2011/07/stand-up-philosophy.html

Es una de las entradas más exitosas en la historia del blog. Por esa razón, la redacción se puso a trabajar una segunda entrega deseando que la disfruten tanto como la primera.

Comenzamos con una navidad en compañía de Guillermo de Okcham; más tarde, lidiamos con los desórdenes alimenticios de Sartre; inmediatamente después, viviremos la intimidad de una tarde de verano con Leibniz y Spinoza; y, por último, haremos un viaje de más de 24 siglos de atropobúsqueda.


* HACER CLICK EN LAS IMÁGENES ES RECOMENDABLE, PARA VERLAS MÁS GRANDES.




julio 23, 2013

Minotauro

 
 
–Al menos los dos nos debemos al mar –dijo y se levantó del sillón.

El camino hacia fuera de la casa de Ariadna era largo y posibilitaba el arrepentimiento, el surgir de un hilo de voz que lo traería de vuelta, el tiempo suficiente para la reconsideración inmediata. Pero no.
Al cerrar la puerta supo que la había perdido.

Arriba todo oscuridad. Sólo el ojo de la noche, decididamente hostil, iluminando los perfiles de las cosas. Un mes exacto desde que la luna no miraba el suelo así, enfática y arrogante. Ariadna ya no lo amaba, era así de sencillo: se había ido a enrollar con un pescador, dios mío, un hombre de familia histórica que jugaba a ser pobre, que pescaba desde un yate. Ni el puerto ni el cielo estaban de humor esa noche. O bien lo estaban, porque la ira es también un humor. Uno denso y cálido. Los vientos del Norte azotaban partes enteras del malecón, el mar estaba picado con aceros, insondable.
El nuevo hombre de Ariadna era rubio y usaba bermudas blancas, al menos en ese par de fotos que mostraban un gran animal colgado todavía del anzuelo del hilo del brazo derecho. Su cinturón, de tela con las puntas de cuero, tenía el color del café con leche y combinaba con sus zapatos, también de cuero. Era un joven adinerado, que viajaba y pescaba por diversión pero que aún así se presentaba como pescador, con toda la indignidad que tiene jugar al semántico irónico cuando se tiene resuelto el futuro de tres generaciones. Se llamaba Juan, como si no se apellidara Sampedro.  
Así debía ser un hombre nuevo. Los hombres viejos, aunque jóvenes, no son rubios ni se apellidan Sampedro. Son, casi siempre, serios y morenos, de pelo corto. Son biólogos marinos encuartelados en Veracruz, dedicados al estudio y al cortejo sincero y breve. Son como Roberto Gómez.

–Estoy viendo a Juan Sampedro –susurró Ariadna.
–¿A ese imbécil? –preguntó Roberto Gómez.
–Sí. Lo siento. Ya no podemos vernos más tú y yo –sentenció ella.
–Bueno, al menos los dos nos debemos al mar –dijo él y se marchó, con dignidad.

Sus zapatos no daban para caminar mucho. Eran unos Converse que llevaban años fieles a sus pies. A los dos o tres kilómetros los arcos comenzaban a tirar hacia arriba en espasmos. Roberto caminó, sin embargo, porque tenía ganas de ver cómo las olas brincaban a la calle en el malecón, cómo la espuma surgía rabiosa de la boca del mundo. Aún sin lluvia el viento era caótico y, bien metido a la negrura de la noche, asustaba. Llegó así, de una cuadra a otra, a la orilla de la ciudad, del estado, del país y del continente, justo por el medio del paseo turístico.
Siguió la vereda de adoquín bañándose horizontalmente con un ritmo también azaroso. Cuando apretaba el paso era para sentir la cachetada de agua que saltaba desde el mar al chocar con la barda; cuando lo aflojaba, para sentir la humedad de la ropa. Estaba como para no estar y no pensaba nada en concreto, sino una totalidad de pensamientos, al menos de los posibles al momento, que se contradecían y superponían, creando una masa informe sin articular adentro de su cabeza, tan negra como el mar de esa noche.

El ojo del cielo cerró sus párpados de nubes.

Al terminar de andar la vereda, esto es, al final del muelle que franquea la entrada de las embarcaciones menores, vio algo moverse dentro del agua. Un bote girado hacia abajo. Los pensamientos se disolvieron como la espuma en la resaca de la tarde. Se sacó los Converse y se echó al agua. Hubo un silencio instantáneo y hubo también un jalón continuo de ropas. Luego, la superficie en guerra.
Sentía en los pies arena como metralla y algas acariciándolo con masoquismo. Ubicó mentalmente la situación del muelle, el malecón y el bote volteado. Comenzó a nadar hacia él. Los instintos le jugaron a favor: no había sido un arranque momentáneo. Miró con los ojos de lluvia un brazo colgado a babor de una cuerda maciza, el rostro y el torso hundidos en el agua. El instinto que le había hecho saltar había sido más bien una premonición, una adivinanza añeja que venía de ser pensada por otros hombres en otras épocas. Quizás había visto cómo la barca se volteaba y no lo advirtió con la razón, sino sólo con las piernas que resortearon hacia el agua. Se había tirado para salvar a un hombre de la muerte en el mar.
Llegó exhausto hasta el borde del bote. Tomó al hombre de la axila y desembrolló el brazo. Comenzó a nadar tirando de ese cuerpo quieto y pesado hacia el muelle. El mar regañaba sus brazadas, revuelto como por la ira de un dios que odiaba a ese hombre y también a Roberto. Quizás había más gente atrapada debajo de ese cascarón a la deriva, pero él no estaba en condiciones de remolcar a nadie más. Ellos, si estaban, estaban absolutamente perdidos. Continuó la lucha. Sus piernas comenzaban a vacilar, el agua se le metía sin ritmo por entre los labios y por la nariz. Ahora la espuma del mar era la de su boca. Sentía cómo la muerte abrazaba ya no sólo al cuerpo que venía arrastrando, sino también al propio.
Llegó al muelle, a los postes lamosos del muelle. Qué lejos quedaba la superficie. Qué lejos quedaba ya la oportunidad de salvarse. Un azote tras otro, la cabeza le rebotó en la madera y se abrió la frente. En el malecón nadie, en el muelle tampoco. La única música era un chasqueo terrible de aguas golpeándose entre sí en una enemistad primigenia. Con un último esfuerzo alcanzó a cargar la mitad del cuerpo por encima de su cabeza, sacarlo del agua significaba sacar un pez de ochenta kilogramos. Lo arrojó sobre una tabla diagonal que comenzaba en el medio de un poste y terminaba en la parte superior del poste siguiente. Lo atoró ahí, con el abdomen oprimido contra el ángulo de madera. Él se hundió tirado hacia abajo por una corriente enojada que lo quería matar.
El cuerpo de Roberto sería hallado por el trabajador de un astillero tres días más tarde; sus Converse, por un buscador de monedas en el malecón.
El cuerpo atorado en el poste del muelle, cuerpo que no era cuerpo sino un hombre, un hombre vivo, despertó cuatro horas más tarde, pasada la revuelta. Salió por propias fuerzas por una escalera atada en la barda. Juan. Juan Sampedro. Con la ropa rasgada, sus bermudas blancas y el pelo rubio enredado, no pensó en otra cosa que en hacer de madrugada el largo camino hasta la casa de Ariadna. Llegó ahí, tocó la puerta con fuerza y se sentó a esperar a que alguien la abriera.